El coco musicalizado
El postre se ha vuelto un plato
esquivo en los hogares cubanos y confieso que entre otros muchos ingredientes
de las comidas es el que más echo de menos.
Aprovechando que suministraron dos libras de azúcar crudo normada por
persona a fines de febrero, pensé en comprar una fruta bomba verde para
preparar trocitos en almíbar, pero esa fruta solo llega a los mercados madura o
pintona, supongo porque les da más ganancias venderla así a los productores,
aunque tengan que acelerar su maduración empleando productos químicos. En años
anteriores se podían adquirir conservas de frutas autóctonas en los mercados,
pero estas desaparecieron con la caída de la producción de azúcar por debajo de
la necesaria para el consumo nacional. El precio de los alimentos importados es
muy alto y el reducido ingreso de la familia promedio apenas alcanza para
adquirir los indispensables.
Me sugirieron comprar coco
rallado y prepararlo en casa. Como ese producto solo lo venden en los mercados
agropecuarios antiguamente clasificados por el habla popular como ¨caros¨, ahora
todos lo son, me llegué hasta el más cercano a mi vivienda. Cuando llegué a la
entrada noté que seguía habiendo más vendedores informales en sus exteriores que
satélites alrededor de Saturno, ofertando además de bolsitas de polietileno,
papas, cigarros, café y otras cosas desaparecidas del comercio minorista.
Estimulados por la mayor
producción agrícola habitual en invierno y por los altísimos precios, todas las
tarimas de los vendedores estaban repletas de productos frescos, sobre todo
vegetales, incluyendo varios tipos de frijoles envasados en bolsitas. Era
martes y había bastante público, el sábado acuden muchos menos clientes porque
compran en las ferias municipales a precios un tin menores.
En un espacio arrendado de 2 X 2
metros, un cuentapropista labora en un kiosco ubicado junto a una pared del
mercado, los otros tres lados y el techo son cercas de malla metálica, una de
ellas tiene una puerta con cerrojo y otra una ventana abatible desde la cual
atiende el público. El trabajo que realiza es sencillo: las conchas de frutas
de coco que le suministran sin la capa fibrosa exterior en sacos, las parte en
dos mitades, dejando caer el agua en un tanque plástico. Cuando reúne una
cantidad determinada de mitades, les ralla la masa interior empleando un
cepillo movido por un torno eléctrico y ubica el producto en una caja plástica.
El realiza todo el proceso, además, pesa, envasa la cantidad solicitada en la
bolsa que trae el cliente y le cobra 200 pesos por libra. También vende agua de
coco en pomos plásticos de los clientes. Como diariamente acuden a comprar muchas
personas, cuando el producto rallado se agota hay que esperar en una cola a que
repita el proceso desde el inicio. Entonces el comprador tiene la oportunidad,
si es de su agrado, de disfrutar de un concierto reproducido a todo volumen,
pues al vendedor le apasiona escuchar y cantar simultáneamente, menos reguetón,
grabaciones de rock, soul, salsa y boleros.
Durante media hora de espera a
pie firme pude escuchar una larga grabación de pop y rock de la era prodigiosa.
La parte más triste fue soportar el olor a orines que despide un servicio
sanitario cercano al kiosko atendido por otro cuentapropista, que cobra 20
pesos a cada cliente que acude al mismo. Por ese precio debería oler, al menos,
como el aromatizante de producción artesanal que venden habitualmente en los
mercados y ferias.
Me dio un poco de trabajo
conseguirlo y prepararlo pero me di el gusto durante varios días de comer coco
rallado en almíbar como nos gusta a los cubanos, con bastante azúcar y un trocito
de canela. Y me costó muchísimo menos que si lo hubiera comprado en conservas.
Dentro de unos días voy a
preparar boniatillo para el postre y le agregaré las cucharadas restantes del
coco en almíbar. Me gustaría más con pulpa de guanábana, como lo preparaba
cuando era niño una vieja cocinera, pero esa fruta para mí es tan impagable
como la deuda externa para muchos países del tercer mundo.
8 de marzo de 2025
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