Intercambio desigual musicalizado
Hace unos días dos amigos salieron
del lanzamiento de un libro en la Habana Vieja buscando donde almorzar. En su
breve caminata por la calle Obispo pudieron constatar que en cada cafetería o pequeño
restorán, a poca decenas de metros uno del otro, había un grupito musical
interpretando ritmos cubanos y que cuando estos tocan en establecimientos
cerrados y pequeños la excesiva
sonoridad resulta molesta. Como no estaban para tanta bulla se sentaron alrededor
de una mesita bajo uno de los toldos callejeros de un tranquilo restorán. Pensando
cambiar la dieta habitual casera, cada uno pidió un plato de filete de pescado
y mientras llegaba la comida disfrutaron de una cerveza fría en medio del intenso
calor reinante y el pasa-pasa de transeúntes. De pronto apareció un grupo
musical nómada, que en un santiamén y encima de la acera armó su tinglado,
incluyendo micrófono y bocinas, que comenzó a interpretar a toda máquina ¨El
cuarto de Tula¨. Con la intención de poner aquello caliente y atraer más público,
el cantante invitó a una competencia de baile a dos jóvenes extranjeras allí
sentadas, una turca y la otra japonesa, como si la acera fuera una discoteca. Todos los allí presentes y los transeúntes que
se detuvieron a fotografiar el suceso pudieron
constatar cuanto se han extendido por el mundo las habilidades para bailar
salsa, porque aquellas muchachas bailando no tenían nada que envidiar a las
nuestras. Finalmente la japonesa, con una mezcla de danza y ejercicios
aeróbicos se llevó la mayoría de los aplausos gracias a sus movimientos
pélvicos, ¨cinturitas¨, cuclillas y tembleques, por lo que fue premiada con un
¨mojito¨. Cuando concluyó el espectáculo, el cantante del grupo pasó el sombrero
mesa por mesa, recabando una ¨ayudita¨. En nada se parecían estos musicantes a aquellos
pobres diablos que antes de 1959 subían pobremente vestidos a los ómnibus
cantando acompañados de una guitarra, que al terminar voceaban: ¨Coopere con el
artista cubano¨, pidiendo a cambio unas
monedas para aplacar el hambre que pasaban. Este es un modus vivendi surgido gracias
al incremento de las visitas de turistas extranjeros a los museos y obras
restauradas en el Centro Histórico de la Habana Vieja, declarado por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad.
En medio del jolgorio musical, trajeron
la comida y los dos amigos pudieron
constatar la falta de correspondencia entre la cantidad de alimento en el plato
y su precio (4,50 CUC), lo que constituye un nuevo tipo de intercambio desigual,
no entre naciones, sino entre personas. El filete de Mahi- Mahi (conocido en el
país como dorado) de 3 mm de grosor que trajeron era la mitad del habitual en
otros restoranes, parecía haber sido cortado con bisturí láser por un experto cirujano
y venía acompañado de cuatro magras cucharadas de arroz blanco, una de puré de
papas instantáneo y tres rodajas de pepino. Puede que esa sea la dieta habitual entre los extranjeros para
evitar la obesidad, pero para un cubano acostumbrado al ¨buque¨ de arroz con
frijoles y viandas, ese plato no pasaba
de una merienda, por lo que los dos amigos salieron de allí ¨partidos¨ del
hambre, sospechando que la cortedad de los ingredientes seguramente ayudaba a
la economía familiar de algunos empleados. Ese fenómeno no es un invento autóctono.
Para evitar algo parecido, pero al
revés, los cubanos que viajaban a Moscú en los años 70-80 en misiones comerciales, al ir a alguna cafetería o restorán se cuidaban de
ubicarse en mesas por grupos no mayores de 4 personas, porque mientras más grande era la cuenta, más fuerte
era la ¨mordida¨ de los camareros.
Esa perniciosa actitud de aquellos
trabajadores que castran las cantidades de productos que venden o que cobran de
más para incrementar sus ingresos personales a costa del bolsillo de los clientes ha virado al
revés la máxima martiana que expresa: ¨Quién compra manda, quién vende sirve¨.
Hay ejemplos meritorios de establecimientos
de servicios donde sus trabajadores se esmeran en satisfacer a los clientes porque
ese es su deber, además de que comprenden que es la única forma de asegurar que
la visita se repita y de que estos trasmitan su satisfacción a futuros
visitantes, por ello son objeto de reconocimiento en publicaciones
especializadas del turismo internacional y por los propios clientes.
En otros ámbitos suceden cosas parecidas. Los
servicios de reparación tienen mucha demanda y, aunque ya hay más de 540 mil cuentapropistas,
resulta insuficiente la cantidad de albañiles, electricistas, plomeros y
carpinteros que presten servicios a la población, por eso dichos operarios
imponen altas tarifas por sus servicios y aun así, se hace difícil atraparlos
para que realicen algún trabajo. Algo muy sutil sucede cuando realizan trabajitos
breves, de poco valor, entonces la modalidad que utilizan al responder la
pregunta: ¿cuánto te debo? es decir: ¨Dame lo que tú quieras¨, lo que pone al
cliente en una situación difícil y generalmente termina pagándole más de lo que
vale el trabajo ante el temor de no poder contar de nuevo con su servicio. Estos
han cambiado la conocida frase: ¨El cliente siempre tiene la razón¨, por esta
otra: ¨Al cliente le tenemos por el narigón¨.
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