El perfume y la peste
Reina el caluroso verano, la
llegada del período vacacional me permite desconectar de mis labores profesionales y me incita a escribir sobre
algo más prosaico, inspirado en los frecuentes y diferentes efluvios que impresionan mis fosas nasales cuando salgo a la calle o
entro en algunos establecimientos comerciales, donde difieren los bien ambientados
espacios de los mercados y tiendas que venden en divisas, hoteles y algunos
restoranes, de otros menos favorecidos en los que imperan olores fuertes y
desagradables y muchas calles de la ciudad que apestan que no da gusto. En nuestro
entorno urbano hay un marcado contraste entre unas pocas dosis perfumadas propias
del primer mundo y un submundo falto de higiene que apareció con la crisis de
los 90 y se ha entronizado después.
El perfume ha sido motivo de
inspiración de escritores y cineastas. Están bien urdidos los misteriosos crímenes
relatados por Patrick Süskind en su
libro ¨El Perfume¨ publicado en 1985; además, resulta entretenida su versión cinematográfica alemana protagonizada, entre otros, por el camaleónico
Dustin Hoffman. Años antes pudimos disfrutar en el cine de la simpática comedia
italiana titulada ¨Perfume de mujer¨ de Dino Risi, interpretada genialmente por
Victorio Gassman, que después tuviera su remake en otra estadounidense
interpretada por Al Pacino. A los que le interese el mundo de la perfumería le
recomiendo el libro ¨Perfumistas y perfumes¨ del experto cubano Leonel Amador,
publicado por la cubana Editorial Científico Técnica en el año 2014.
La palabra ¨peste¨ se utilizó en
el pasado para hablar de epidemias que azotaron amplias regiones del planeta
como la ¨peste bubónica¨ o ¨peste negra¨. La epidemia de cólera que azotó la
ciudad de Orán en Argelia en 1849 fue el leitmotiv del libro de Albert Camus denominado
¨La peste¨.
Pero los asesinatos perfumados y las
graves epidemias, por demás ajenos a
esta pequeña parte del mundo en la que me desenvuelvo, son asuntos diferentes a
los temas costumbristas que prefiero tratar. Cuando aquí hablo sobre perfumes y
pestes me refiero a los olores agradables y desagradables que nos rodean.
Aquellos humanos que tienen
olfato canino como yo disfrutan cuando alguien se le acerca o pasa a su lado
llevando un buen perfume adherido a la piel y sufren más que otros cuando pasan
por algún lugar y sienten mal olor. No hay nada más reconfortante que cargar o
besar un niño pequeño oloroso a violetas. Una mujer realza su belleza y lozanía
cuando se perfuma, es muy raro encontrar
una que no se perfume después del baño o antes de salir de casa, algunas con
productos más caros, con buen fijador y que se huelen a la legua, otras con
colonias baratas y volátiles acorde a sus economías más modestas. También
muchos hombres tienen esa costumbre. Según Leonel Amador, para los sacerdotes y
poderosos del antiguo Egipto, que vivían en medio de un clima seco y
extraordinariamente caluroso, ¨oler bien¨ equivalía a ¨estar sano¨ y un día sin
perfumarse era un día perdido.
Debido al caluroso clima tropical
en el que vivimos, los cubanos tenemos el buen hábito de bañarnos, cambiarnos
de ropa interior y al menos de camisa o blusa diariamente. Cuando el calor
arrecia muchos se bañan varias veces al día buscando alivio porque se transpira
constantemente y la ropa limpia se empercude con rapidez, aunque por la sequía
de los anteriores tres años esa costumbre constituyó un verdadero lujo. Siendo
muy pocos, los que tienen aversión al
baño se justifican diciendo ¨la cáscara
guarda el palo¨.
En países templados esa higiénica
costumbre no estuvo arraigada en el pasado, pero la modernidad ha ido
imponiendo nuevos patrones, actualmente en casas, hoteles y albergues se han
generalizado los baños dentro de las habitaciones y se han eliminado los de uso
colectivo. En esos países era costumbre mayoritaria bañarse y cambiar de ropa
interior una vez a la semana; permanecían todo el invierno usando la misma ropa
exterior, el mismo abrigo y las mismas botas, además, no usaban desodorantes
personales.
Conozco un coterráneo que durante
una estancia en el extranjero en los años 80, en pleno invierno, estaba
tratando de conquistar a una muchacha y al llegar juntos a la habitación que
ocupaba la joven en el hotel, ella se quitó las botas altas forradas por dentro
para descansar los pies y cuando el joven sintió el desagradable olor que salía
de aquellas botas, desistió de su intento y la invitó a bajar a tomar algo
caliente en la cafetería, esgrimiendo como argumento que sentía ¨mucho frío¨ y
acto seguido se despidió. Ese olorcito le enfrió el cerebro, le recordó el que sintió pocos días antes
dentro de un compartimiento con literas de un tren de pasajeros, de
aquellos que los cubanos le llamaban
¨peste a patas¨ y temió que si seguía avanzando
en su seducción podía encontrarse con olores aún más desagradables. Probablemente
si hubiera sentido un agradable perfume adherido a la piel de la joven se
hubiera exacerbado su erotismo. Sin embargo, hay quienes tienen otros gustos, asegura
el antes mencionado autor que el emperador Napoleón, no obstante ser fanático
del agua de colonia, se excitaba con el olor corporal femenino pues días antes de su
regreso a palacio le escribía a su amada Josefina ¨Yo regreso en tres días, no
te bañes.¨
En un centro de trabajo de Cuba laboró
un joven traductor extranjero que no se cambió durante los dos años de estancia
el pullover de poliéster con el que asistía a trabajar y el nauseabundo olor inundaba el pequeño local
que le asignaron, era tan fuerte que salía por la rejilla de la puerta
succionado por el retorno del aire acondicionado del edificio y por eso los
trabajadores evitaban pasar frente al lugar. Días después de culminada su misión y
retornado a su país, el mal olor seguía
y buscando la causa, los nuevos usuarios del local detectaron que el
colaborador había dejado el gastado pullover en una gaveta del buró. Menudo
regalito les dejó, un jodedor dijo que si una cabra hubiera pasado por allí,
seguramente hubiera entrado desaforadamente al local intentado aparearse con el
¨macho cabrío¨.
Dicen algunos que han paseado en
góndola por los canales de Venecia, que cuando
el viento sopla desde la laguna las aguas apestan bastante, sin embargo, ello
no impide que la visiten millones de
turistas anualmente para apreciar la belleza de sus construcciones
patrimoniales y su cultura milenaria. Cuando era niño me resultaba muy
desagradable transitar por la Avenida del Puerto de La Habana por la zona donde
están los elevados del ferrocarril debido al olor a huevo podrido que despedían
las aguas de la bahía, alimentadas por la polución que arrastraban los ríos que
desembocan en ella, mezclada con el petróleo y otros detritus que tiraban los
barcos fondeados. El saneamiento a que han sido sometidas esas fuentes contaminantes
ha aliviado ese mal, aunque no están eliminadas totalmente. Ya no se siente mal
olor, las aguas son más transparentes y los pelícanos reaparecieron junto a los
peces, que afloraron después de muchos años de ausencia.
Si bien la bahía ha mejorado sus
parámetros, en el resto de la ciudad se enseñorean los malos olores. A pesar de ubicarse colectores
en las esquinas de la ciudad, debido a la mala calidad de los materiales
utilizados para fabricarlos en el país, las ruedas se rompen, se caen y la basura
se derrama. Cuando no los sustituyen
rápidamente, de inmediato aparece basura acumulada en la calle junto a los
contenedores rotos. Por otra parte como hay muchas construcciones por esfuerzo
propio por todas partes y es alto el precio que hay que pagar por alquilar por unos
días un contenedor para escombros tipo ampiroll,
en muchas esquinas los constructores dejan tirados sus escombros y encima de
estos, como por arte de magia, enseguida se amontona la basura doméstica. Ante
ese desorden las autoridades locales han organizado brigadas para recoger las
podas de árboles y desechos sólidos pero estas pasan con menos frecuencia que los
camiones especializados en vaciar los contenedores y sucede que en muchos
lugares, montones de escombros y basura se mantienen por varios días a la vista
de los vecinos y transeúntes. Pero incluso aunque los contenedores estén en
buen estado, generalmente despiden malos olores porque no todas las personas
acostumbran a tirar los alimentos y
desechos orgánicos dentro de bolsas plásticas y descargan sus recipientes caseros
directamente en el depósito, quedando los desperdicios orgánicos adheridos a
sus paredes y con el calor reinante se descomponen rápidamente. Pocos
ciudadanos dejan tapado el colector al tirar la basura, dando oportunidad a los
gatos de revolverla en busca de alimentos y enseñorearse a las moscas y todo el
que pasa cerca de ellos siente el mal olor que despide el tanque destapado. Por
otra parte los llamados ¨buzos¨, que procedentes del inframundo se ganan la
vida buscando envases de cristal o plásticos para reciclar, riegan parte de la
basura fuera de los depósitos y tampoco
cierran las tapas. Además, las calles donde se ubican los colectores de basura
no se friegan diariamente a presión con
carros cisterna, como se hace en otros países.
Otra de las fuentes contaminantes
de la ciudad son los derrames de agua de albañales y materias fecales que
ocurren cuando se tupen los tubos del alcantarillado o las tuberías de aguas
negras que salen de los edificios, aunque en honor a la verdad, en los últimos
tiempos, al menos en mi barrio, se han efectuado reparaciones en algunas tuberías
y el servicio de los carros cisterna del llamado ¨saneamiento básico¨ ha
mejorado.
A lo anterior hay que agregar el
mal olor de las deposiciones de los perros domésticos cuyos dueños los sueltan a
la calle para que no hagan sus necesidades en las casas y las de algunos
ciudadanos desinhibidos que apurados lo hacen donde tienen oportunidad ante la
falta de baños públicos o de establecimientos comerciales o gastronómicos que
permitan al cliente o transeúnte utilizarlos, dificultad que se agrava con el
envejecimiento poblacional.
Hay que redoblar esfuerzos para
que La Habana, que hace unos años fuera calificada internacionalmente como
¨Ciudad Maravilla¨ en atención a su diversidad arquitectónica y cultural, al
acercarse el 500 aniversario de su fundación mejore, además del estado de sus
construcciones y servicios, el orden e higiene ambiental. Resulta evidente que educar a toda la
población en esas buenas costumbres será un proceso largo, no es posible tener un
inspector o un policía en cada esquina imponiendo multas, para lograrlo habrá
que asegurar la logística de la recogida de escombros y la basura doméstica, la
limpieza periódica de calles y áreas
verdes e incrementar la exigencia de la población y de las entidades locales sobre
los infractores.
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