La piel (2 y final)

Permanecí tres semanas cumpliendo el tratamiento indicado por la dermatóloga, hasta que al regresar de Canadá noté que la piel de los tobillos estaba muy enrojecida por la presión de las medias elásticas que estaba usando y temía que se ulcerara. A principios de enero había mucho viento y temperaturas frías en La Habana, coincidentemente, la urticaria en varias partes del cuerpo se incrementó y me provocaba mucha picazón, incluso en la cara, que se irritaba todavía más cuando me afeitaba.
 Alarmado, acudí de nuevo a la especialista de la piel, esta vez me confirmó que padecía de la enfermedad de Schamberg en las piernas y de una dermatitis de causa desconocida en el resto del cuerpo. Me indicó no usar más las medias elásticas, tomar una pastilla de antihistamínico cada doce horas, aplicarme dos veces al día en la piel afectada dos cremas mezcladas, una de cortisona y otra antifúngica. Me dio una nota para que un conocido angiólogo valorara si padecía de problemas circulatorios. Por último, ordenó unos análisis de sangre para descartar hepatitis.
Los análisis de sangre mostraron que todos los parámetros permanecían en regla, excepto el ácido úrico que estaba elevado, seguro que por haber abusado de los mariscos y carnes rojas durante el viaje, gustazo ineludible de los cubanos residentes en la isla cuando vamos al extranjero, porque conservamos el recuerdo del déficit de alimentación que padecimos en los años 90 o como reacción a la insuficiente y costosa oferta de productos alimenticios que aún tenemos.  
Traté de encontrar al angiólogo donde la enfermera de ese servicio del hospital realiza las curaciones, había bastantes personas, algunas viejas en sillas de ruedas con piernas amputadas o vendadas. La asistente me informó que el angiólogo no estaba atendiendo nuevos casos porque reparaban el local de la consulta y no se sabía cuándo terminarían de hacerlo. Ante ese inconveniente y pensando que lo de mis piernas es una bobería en comparación con las desgracias de los que allí vi, decliné seguir insistiendo en ver a ese u otro angiólogo.
Siguiendo algunas recomendaciones que pude leer en internet, sustituí el jabón de baño de color azul por otro blanco. Decidí usar ropa de algodón de color claro y más holgada para dormir, deseché el pantalón deportivo de poliéster y el pullover oscuro que usaba habitualmente en invierno, comencé a vestir en casa pullover blanco y mi viejo pantalón de pijama que hacía más de 30 años guardaba pasó a primer plano. Varias veces a la semana ponía a lavar la ropa de cama y sustituí la frazada de lana por una sábana de algodón. Estas medidas me aliviaron la picazón ligeramente, pero la dermatitis seguía en su punto.
Desesperado y un tanto desconfiado de los diversos diagnósticos y tratamientos recibidos, que hasta el momento no eliminaban mis malestares en la piel, bajé de la red algunos capítulos del Manual de Merck, pero no atiné a  encontrar la causa de mi dolencia entre tantos tipos de dermatitis que existen. Entonces comprendí porqué un médico conocido decidió especializarse en cirugía y no en dermatología, pues resulta muy difícil diagnosticar enfermedades de la piel, las que pueden tener múltiples causas y manifestaciones. Consulté mi caso con un viejo profesor de dermatología y me confirmó el tratamiento: crema con cortisona, pastillas de antihistamínicos y agregó tomar un venotónico para mejorar la irrigación sanguínea de las piernas. Declinó ordenar un cultivo de la piel de los tobillos porque la tenía impregnada de las cremas que venía aplicándome y los resultados estarían distorsionados.
Después de 8 semanas de uso continuado de los medicamentos indicados, la urticaria y la picazón en varias partes de mi cuerpo no se había eliminado. ¨Como Dios le da barba al que no tiene quijada¨, en medio de este proceso me invitaron a cenar langosta y con dolor de mi alma renuncié a la oportunidad de disfrutar de ese manjar pues temía que fuera a agravar la dermatitis.

La irritación de los tobillos cedió un poco con el uso de las cremas pero los pigmentos ya cubrían las piernas casi hasta las rodillas. De nuevo busqué en internet y encontré la respuesta a una consulta realizada por un enfermo de capilaritis purpúrea, firmada por un dermatólogo de un hospital español, que dice lo siguiente: ¨La enfermedad de Schamberg forma parte de un grupo de enfermedades crónicas de causa desconocida denominadas como "dermatosis pigmentadas purpúricas". Se caracterizan por una extravasación de glóbulos rojos de los pequeños vasos sanguíneos de la piel, por lo que la misma presenta manchas marrón-purpúricas. Generalmente, están afectadas las extremidades inferiores, siendo la alteración solamente estética, sin presentar ningún riesgo para la salud. Se han empleado varios tratamientos, pero ninguno ha demostrado hasta el momento que influya en la evolución de la enfermedad. Su médico le ha pautado pentoxifilina. Este fármaco favorece la circulación de la sangre a través de los pequeños vasos sanguíneos, por lo que en ocasiones lo pautamos para esta patología. No obstante, como le dije, ni éste ni ningún otro fármaco ha demostrado científicamente la efectividad en esta patología.¨

¡Chúpate esa que es de frambuesa! Según esa respuesta, debo resignarme a continuar teniendo la piel de mis tobillos oscura y rugosa como un camaleón y usar permanentemente pantalones y medias para protegerla y no ser objeto de la curiosidad o indiscreción humana.   

Acudí de nuevo a la consulta y la dermatóloga me remitió a un parasitólogo para descartar que la existencia de parásitos fuera la causa de la dermatitis, a los pocos días los análisis seriados de heces fecales arrojaron resultados negativos.

Corriendo el riesgo de que después se me exacerbara el escozor de la piel, en ocasión de mi reciente cumpleaños no pude resistir la tentación de tomar varios traguitos y cenar en familia alimentos desacostumbrados. La vejez, al igual que el embarazo no es una enfermedad; cuando uno todavía se siente vital debe tratar de disfrutar de las cosas buenas y una escapadita de vez en cuando es necesaria, no sea que de pronto me llamen al viaje sin retorno y me quede sin darme el gusto; estoy seguro de que en el paraíso o el infierno a donde llegue, si es que existen, no habrá mariscos ni vinos, ni pagando en divisas. Por supuesto, al día siguiente amanecí con más picazón.
La especialista, al verme desesperado porque con el tratamiento que sigo la dermatitis no desaparece, me remitió a una reunión del staff del hospital provincial que los miércoles discute los casos complicados. El staff lo integran los profesores de la especialidad, incluyendo los dermatólogos que dan la asistencia médica secundaria en las policlínicas del municipio y a la reunión asisten, con propósitos docentes, los médicos que se forman como especialistas en el hospital, muchos de ellos oriundos de otros países latinoamericanos. El hospital no tiene consulta externa de esa especialidad, esta se realiza en las policlínicas. El departamento de dermatología dispone de distintos laboratorios, salón de cirugía menor, sala de curaciones y una sala de ingresos. La reunión del staff evalúa una vez por semana los casos no resueltos que presentan los dermatólogos de las policlínicas.

Al llegar y registrarme, resulté el quinto paciente que sería atendido, pero la sesión no comenzaba hasta  una hora después. Se demoraron 30 minutos con el primer caso y me fui sin ser atendido porque calculé que a ese ritmo no podría llegar a tiempo al curso de posgrado que imparto todos los miércoles al comenzar la tarde. Pasé el resto de la semana con bastante picor, que se incrementaba por las tardes a medida que el sol se retiraba y bajaban las temperaturas. Se me agotó la crema de cortisona y al no haberla en las farmacias experimenté con resina de sábila (aloe), que al principio reducía la picazón, pero resultaba un poco secante.

La noche del martes siguiente me desperté a las 3 a.m. debido al insoportable escozor, no pude contenerme y me pasé un buen rato rascándome, después me puse un poco de sábila, pero no me sirvió de mucho. El otro miércoles volví más temprano a la reunión del staff y logré ser el tercero atendido. Entré al aula y me sentí en una silla delante del auditorio, mi dermatóloga explicó brevemente en que consistían mis dolencias y a continuación me pidió que mostrara mis lesiones a los asistentes. Todo estuvo bien al principio, me quité los zapatos y las medias para mostrar la piel escamada de los tobillos, después me subí los pantalones para que vieran el oscurecimiento de las piernas. Me comieron a preguntas, al parecer la de Schamberg no es una enfermedad muy frecuente. Para que pudieran observar mi dermatitis en la cintura y barriga tuve que despojarme del pullover y después para que vieran las de los muslos terminé el striptease bajándome los pantalones, sin música de fondo. Me quedé en calzoncillos, menos mal que a sabiendas, me había puesto unos bastante nuevos. Los hombres mayores generalmente no tenemos guardadas esas prendas sin usar para ocasiones especiales, además, en materia de ropa, es mejor que nos hereden a que alguien se estrene una nuestra sin usar. Algunos profesores se acercaron para ver mi piel de cerca y me hicieron varias preguntas, después le siguieron muchos alumnos pidiéndome que me virara para acá y para allá, que me diera la vuelta como en una pasarela y todos querían saber que desde cuando tenía esas ronchas, que si me picaba, que a qué hora del día me picaba, etc. Pasé bastante mal rato con la inusitada exhibición de mi cuerpo ante el numeroso público asistente y pensé lo desinhibidos que son aquellos actores que se desnudan ante el auditorio en algunas obras de teatro en la actualidad, incluyendo un par de viejucos que vi en una de las que asistí recientemente,  que con su encueres ofrecieron al público un espectáculo grotesco y poco virtuoso. Me vestí y salí del aula a esperar las conclusiones del staff. Al poco rato mi dermatóloga salió y me indicó: incrementar a 3 veces al día el antihistamínico (por suerte tenía y después pude comprar suficientes pastillas); excepto en las piernas, extender una capa fina de ungüento de Clobetasol, que es de los más fuertes corticosteroides, mientras que la hidrocortisona que venía utilizando es de menor potencia. No ingerir nada que contenga colorantes industriales, es decir, refrescos, jugos no naturales, arroces amarillos, sopas, embutidos, puré de tomate, sazonador, concentrados de pollo, yogurt de sabores, medicamentos como las vitaminas  y antiácidos de varios colores. Ingerir todo blanco o natural. No usar pantalones apretados por la cintura (me vi usando tirantes como los mafiosos de los años treinta del pasado siglo). Me dijo que debo conformarme a convivir con las petequias y el oscurecimiento de la piel de las piernas, se pudieran aliviar con las medias elásticas, pero como mencioné anteriormente las dejé de usar porque me irritaron la piel. Atrevidamente, pues como todos los cubanos nos creemos médicos y manager de equipos de beisbol, le pregunté por qué no me recetaban prednisona en lugar de la dexclorfeniramina que estaba tomando y me explicó que la prednisona puede crear dependencia y al pasar la crisis alérgica y dejar de tomarla, producir un efecto rebote y aparecer de nuevo la dermatitis.
Al terminar de oír las conclusiones pasó junto a mí el viejo profesor que me había atendido  hace un mes y fue el que presidió la reunión del staff, que me dijo que debía tener mucha paciencia. Pensé: ¡esa no se puede comprar en la farmacia o pedir que te la envíen desde el extranjero, la tienes que buscar dentro de ti para contrarrestar el estrés que provoca la constante picazón!
El Clobetasol está en falta hace tiempo en las farmacias, por suerte en casa apareció un tubito de 25 mg y empecé a untármelo ese mismo día después del baño en las zonas donde tengo la urticaria. La noche siguiente no sentí picazón, todo parece indicar que usando el ungüento junto con el incremento de la dosis del antihistamínico los médicos dieron en el clavo. Dormí plácidamente y amanecí sin malestar al día siguiente. Al mediodía andaba en bermudas por mi casa y a veces sentía picazón cuando me daba el aire frío que llegaba del norte, pero era soportable. Entonces pensé que como dice el psicólogo Calviño en su programa televisivo, ¡valió la pena! haber realizado el striptease ante el colectivo médico. Aún no puedo cantar victoria, pero estoy más esperanzado pues en los días siguientes he ido mejorando, la mayoría de las ronchas han desaparecido, solo me queda una macula en el costado derecho del torso, que al principio se parecía a la mancha roja del planeta Júpiter, pero ha ido decolorándose y no pica.
Desgraciadamente los humanos no podemos mudar el pellejo como las serpientes y hasta ahora no se realiza el trasplante total de piel, solo se hace en determinadas zonas quemadas o accidentadas, entonces no me queda más remedio, para evitar males mayores, que seguir fielmente las indicaciones de los médicos hasta que pase la crisis.

Hasta aquí he narrado los hechos mondos y lirondos de lo que ha sido mi piel en los últimos cuatro meses: un mar de picor y no de lágrimas. Hay quienes dicen: ¡Que trabajo pasa el perro cuando le cortan el rabo! Y otros le responden: ¡pero más trabajo pasa el rabo cuando le cortan el perro! En mi caso podría decir: A pesar de tener asegurada y ser gratuita la atención médica, ¡Qué trabajo pasa el ser humano cuando envejece! ¡La que me espera en el futuro!

Saquen sus propias conclusiones y deséenme suerte. Les prometo no marearlos más con mi puñetera dermatitis.

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