Préstamos malditos
Existen personas que
constantemente piden cosas prestadas y tienen la mala costumbre de no
devolverlas o de demorarse en hacerlo. Hace años presté un libro muy útil para
mi trabajo y nunca me lo devolvieron, al parecer porque a una compañera de
trabajo a quién lo presté se lo dio a leer a su esposo y al poco tiempo
terminaron peleados y divorciados. Pero resulta más terrible cuando el objeto
prestado se rompe u ocurre con este algún incidente desagradable y el receptor pasa
tremenda vergüenza con el dueño al no poder devolverlo en las mismas
condiciones que lo recibió. Eso me ha sucedido algunas veces y por ello trato
de evitar al máximo pedir prestado y cuando no me queda más remedio que
hacerlo, las experiencias desagradables me han enseñado que debo extremar las
medidas para cuidarlo.
En una ocasión tenía que ir en otoño
en una misión de trabajo a la antigua Unión
Soviética y para protegerme del frío un compañero de trabajo de mi esposa me
prestó una chaqueta que había utilizado durante su estancia en Canadá. La
chaqueta estaba casi nueva, forrada de fibra de vidrio resguardaba del frío
tanto como cualquier antiguo ¨paltó¨ de paño grueso y pesaba mucho menos. Durante
mi estancia en Moscú tuve la mala suerte de que al subir a un ómnibus la manga
derecha de la chaqueta tropezó con algo puntiagudo y se le hizo una horrible
desgarradura en forma de 7 en la parte superior. No tenía otra alternativa y
tuve que continuar usándola los demás días que me quedaban en ese país. Al
regresar a casa, realicé gestiones con varias costureras para zurcir la parte
rota, pero como el tejido era machihembrado de hilos sintéticos de dos colores,
verde y naranja, cuya combinación daba un tono tornasolado muy bello, ninguna
se atrevió a repararla. Pasó bastante tiempo sin que pudiera hallar la solución
al problema y el dueño de la chaqueta, al ver que me retrasaba insistía en que la devolviera, tanto demoré que al
final se presentó en mi casa de improviso, no me quedó más remedio que
explicarle lo sucedido y devolvérsela con la manga rota, pasando por ese penoso
trance.
En otra ocasión me sucedió algo
peor. A mediados de Septiembre de 1987, tenía una reservación para pasar 5 días
en el hotel Oasis de Varadero con mi novia y su pequeña hija. Al salir de viaje, llovía torrencialmente, mi
auto comenzó a fallar y en esas condiciones no iba a llegar a mi destino. Para
ayudarme a salir del escollo, una amiga me propuso que me llevara su auto que
estaba en mejores condiciones para ese viaje y le dejara el mío, eso hice y
pudimos llegar a la playa dos horas después. Durante los primeros cuatro días de
estancia en el hotel no paró de llover y
tuvimos que permanecer en la habitación y la sala de juegos todo el tiempo, la
fuerte lluvia y la falta de sol nos impedía salir a pasear, bañarnos en la
playa o en la piscina con la niña pequeña, menos en la bañera. En la mañana del
último día, cuando comenzaba a asomar el sol pálidamente, al ir a comprobar el
estado del auto, detecté que en el parqueo del hotel algún caco le había robado
la reproductora de casetes y dejado todos los cables sueltos. Comencé a atar
cables y logré que el auto arrancara y acto seguido me dirigí a mi
habitación y a pesar de los ruegos de mi
acompañante de quedarnos hasta el otro día, decidí regresar a la Habana,
temeroso de que nos sucediera una nueva desgracia dentro de un viaje tan poco
afortunado. Eran tiempos en los que no se vendían reproductoras de audio para
autos en las tiendas y no la pude reponer por otra. Para colmo, cuando regresé,
me enteré de que la dama a la que le dejé mi auto no lo había podido poner a
funcionar y terminé buscando un mecánico para repararlo. Nada, que cuando el mal es de espejuelos, no valen los
calobares.
Hace dos meses, le pedí a un
viejo carpintero que destrabara la puerta de mi cuarto cepillando la parte
superior, que por la humedad reinante se había hinchado y se trababa con el
marco. En la habitación había una pequeña escalera metálica muy pesada que me
habían prestado para pintar las paredes y el carpintero decidió hacer el
trabajo encima de la escalera para no descolgar la puerta del marco. Antes de
subirse a ella, no le puso el tranque para evitar que se abrieran las patas, le
pareció innecesario porque la escalera era bastante pesada. Salí un momento
hacia la habitación contigua, de pronto sentí un ruido estruendoso y encontré
al hombre de 80 años tirado boca arriba en el suelo y a su lado la escalera abierta de patas.
Cuando vi que no se movía, pensé lo peor, afortunadamente fue más el mal rato
que pasamos que los golpes que recibió porque no había caído de mucha altura, a
los pocos minutos pudo levantarse y realizar el trabajo, pero estuvo varios días
tomando analgésicos para aliviar el dolor en un codo que se golpeó al caer. La
escalera no sufrió daño alguno porque rusa al fin, estaba construida con
gruesas chapas de acero.
Cualquiera que tenga creencias
religiosas, al conocer lo relatado podría pensar que los objetos que me
prestaron o el prestatario habíamos sido
maldecidos.
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