Aprovechar el tiempo haciendo cosas útiles
La vida del ser humano está llena
de contradicciones o para decirlo con un eufemismo, de paradojas. Cuando uno es
adolescente dispone de energías suficientes para emplear el tiempo estudiando, leyendo
o practicando deportes, sin embargo algunos que conozco desperdician muchas
horas durmiendo o ¨girovagando¨. Existe
una cantidad nada despreciable de jóvenes y no tan jóvenes que les encanta
dormir y detestan levantarse temprano, sobre todo para ir a trabajar, otra cosa
es para ir a la playa u otras actividades placenteras. Los mayores, en su
mayoría, aunque les sobre el tiempo duermen menos horas, se despiertan muy
temprano, pero como tienen menos energías y el cuerpo envejecido no están en
condiciones de estar ¨dándole a la pata¨ o trabajando fuerte mucho rato,
terminan adoloridos y cansados, sin embargo se esfuerzan y cumplen las
obligaciones que la vida les impone. Hace unos días conversaba con un pintor de
autos nacido hace 80 años, cuentapropista aún activo, cuyo hijo que funge como su ayudante, nunca llega al
taller antes de las 11 de la mañana. ¿Por qué hay personas jóvenes que desperdician
el tiempo durmiendo demasiado cuando están en mejores condiciones de
aprovecharlo haciendo cosas útiles a sí mismos y a los demás y, en cambio, los más
viejos no pueden usar todo su tiempo como quisieran porque se cansan muy rápido?
Seguramente los más viejos se cuestionan: ¿Por qué existe esa dispareja distribución del tiempo libre y la
capacidad de aprovecharlo? ¿Será porque los más jóvenes ven muy lejano el día
en que les llegará la muerte y se pueden dar el lujo de desperdiciar el tiempo?
Todo parece indicar que el uso
eficiente del tiempo está relacionado con las condiciones de vida, la educación
recibida o la motivación personal que se tenga.
Conozco una señora de mediana
edad con antecedentes familiares de cáncer, que ha sido tratada con éxito de esa
enfermedad en dos ocasiones y ante el temor de una recidiva, trabaja muy fuerte
para obtener ingresos suficientes para disfrutar de su existencia al máximo posible,
como si fuera a morir al día siguiente. Es un verdadero torbellino, resulta
difícil seguir su ritmo de vida, incluso caminar a su lado.
Ayer conversé con una enfermera de
un hospital materno que veo pasar diariamente frente a mi casa y me contó que
lleva 53 años en esa útil profesión y por ahora no piensa jubilarse, me confesó
que se siente útil en esa labor y además, entrena a otras más jóvenes. Conozco varias
personas que a pesar de su avanzada edad y sin estar en una situación económica
precaria realizan el trabajo de jardinero bajo el intenso sol tropical y
terminan exhaustos sus labores diariamente, pero si dejaran de hacerlo se sentirían
relegados y terminarían deprimidos.
Antaño los matrimonios tenían
muchos hijos, los que desde muy jóvenes se veían obligados a trabajar en lo que encontraran para aportar a
los ingresos de la casa. La vida era muy dura y la lucha por la supervivencia
les inculcó hábitos laborales. Generalmente el trabajo era escaso y los
salarios insuficientes para cubrir todas las necesidades familiares, pero
aprendieron a respetar la propiedad ajena, ya fuera privada o social. Sus
padres les enseñaron que era preferible ser pobres que deshonestos.
La mayoría de los integrantes de
las actuales generaciones han tenido la oportunidad de dedicarse a estudiar
hasta graduarse de nivel medio o superior, sin preocuparse de donde salían los
ingresos familiares. Muchos padres, generalmente a fuerza de no pocos sacrificios,
satisficieron todos sus antojos y cuando no fueron exigentes con ellos o no tuvieron
éxito educándolos apropiadamente, sus hijos terminaron pensando que el dinero
cae del cielo, no se sienten contentos con lo que ya tienen y ninguna
obligación les resulta aceptable. Algunas personas explican esas actitudes por el
bajo salario que recibe la mayoría de los que trabajan en el sector estatal, que
aunque ha crecido en los últimos años fundamentalmente por la vía del pago por
resultados, resulta insuficiente para enfrentar los precios cada vez más altos
de los artículos de primera necesidad. Hace unos días escuché a un
transportista privado criticando a uno de sus ayudantes por no presentarse a trabajar con él cuando
era convocado y que conste, que en esa labor le paga más que a cualquier
asalariado. Ese transportista de cargas desbarraba de aquellos colegas que
rechazaban los viajes que les resultaban menos lucrativos. Probablemente el
ayudante desertor actuaba imbuido del tan contemporáneo síndrome del menor esfuerzo,
prefería estar sin hacer nada o haciendo tareas peor pagadas pero menos rudas. Los
transportistas que realizan solamente aquellos trabajos que le aporten los
mayores dividendos se guían por una filosofía utilitarista, para ellos el
cliente es un medio de ganar dinero, ni por la mente les pasa alcanzar la mayor
satisfacción de aquel a quién presta servicio. Seguramente ninguno de los dos
casos anteriores estaba en una situación económica personal tan difícil que los
obligara a aceptar el primer trabajo que se presentara, como sucedía en el pasado.
Hace algún tiempo un funcionario
del comercio exterior que regresó de una gestión comercial en Tokio me mostró unas fotos que tomó en esa
ciudad, al verlas le pregunté por qué había tan poca cantidad de personas en la
calle y en una estación del metro y por qué los comercios estaban vacíos, si en
ella viven más de 13 millones de habitantes. Me contestó: ¨es que las tomé en horario laboral, si vieras como se ponen de llenos todos
los lugares cuando las personas salen del trabajo¨. Vayan a cualquier zona
o establecimiento comercial de nuestra capital en horario laborable y observen la
cantidad de personas que acuden a estos, que no todos están en la tercera edad.
Observen la cantidad de personas, incluyendo revendedores habituales, que se
aglomeran diariamente esperando que llegue el camión refrigerado para comprar
tinas de helado en el mercado de alimentos de 23 y 10 en el Vedado. Un amigo
muy observador me dijo que le había
llamado la atención que en otros países, salvo los más viejos, las personas
caminaban muy rápido, siempre estaban apurados e iban hacia una dirección
previamente definida y que en nuestro país la mayoría anda despacio, sin apuro
ni presiones, algunos deambulan sin rumbo fijo matando el tiempo o hacen colas
para adquirir, sobre todo alimentos. Esos ejemplos demuestran que, como se acostumbra
a decir ahora, aparte de escaseces, tenemos grandes ¨reservas¨ de tiempo de
trabajo sin utilizar debidamente y de que aún sobran trabajadores ocupando
plantillas infladas.
Las estadísticas oficiales
muestran un decrecimiento de la ocupación de unas 400 mil personas entre 2011 y
2016, debido, entre otros factores, al envejecimiento poblacional, razón de más
para comprender que si los que están en condiciones de trabajar no se sienten
motivados para ocupar su tiempo produciendo o prestando servicios diariamente o
estando incorporados al trabajo no laboran intensamente durante las horas
establecidas, no se incrementará la producción ni mejorarán los servicios y
como consecuencia de ello, el país no saldrá adelante ni los ciudadanos incrementarán
sus ingresos personales, a menos que dependan de familiares o amigos que les envíen
remesas desde el extranjero (para lo cual seguro que estos tienen que trabajar
muy duro), o se dediquen a ¨luchar¨ o ¨inventar¨, que es la manera con que
algunos se refieren al trabajo informal, el comercio ilícito, a la venta a
sobreprecio o al robo, que aparte de no ser ético, tiene sus riesgos. El bienestar colectivo en nuestro país solo se
puede lograr creando empleos que generen riquezas y trabajando duro, otros
países han alcanzado altos niveles de vida, además de trabajando, colonizando y
explotando a otros menos desarrollados y lo siguen haciendo, ahora ¨democráticamente¨,
y son aquellos a los que tratan de emigrar millones de personas buscando
mejorar su vida.
Es justo y necesario resaltar la
labor y reconocer a los colectivos y trabajadores que colaboran con otros pueblos
y países lejos de sus familias o en condiciones difíciles o aquellos que trabajan
intensamente en obras decisivas para el país o realizan proezas laborales ante
adversidades climatológicas, pero fuera mejor si todos actuáramos con la
heroicidad en la labor diaria que reclamaba el Che a sus trabajadores cuando
era Ministro de Industrias. El bloqueo estadounidense refuerza sus medidas para
ahogar al país por falta de suministros y de capital inversionista e intenta reducir
la visita a Cuba de ciudadanos estadounidenses. La mejor forma de combatirlo es
no esperar a que caiga el maná del cielo, hay que trabajar duro y aprovechar el
tiempo y los recursos disponibles haciendo cosas útiles para el país y todos
nosotros.
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