Pasé por el Estadio Latinoamericano

No he sido muy amante de asistir a los lugares donde se desarrollan las competencias deportivas, prefiero verlas por televisión vestido con ropa ligera y sentado cómodamente en la quietud del hogar; en los estadios es más difícil concentrarse en el juego, los constantes movimientos de personas y los vendedores que pasan pregonando tienden a distraer a los asistentes. En los partidos de béisbol, las cámaras de televisión se enfocan directamente hacia las jugadas y permiten observar mejor algunos detalles, entre ellos cómo se mueven los lanzamientos (recto, curva, rompimiento) y por dónde pasan antes de llegar a manos del receptor, para uno mismo constatar si pasó por el centro del plato (strike) o estaba fuera del mismo (bola) y concluir sobre la pericia y el control del lanzador para que los contrarios no puedan conectar bien o abaniquen el aire sin tocar la pelota.    
Ayer entré al Estadio Latinoamericano a comprar una gorra de los Industriales para enviárla al extranjero a un familiar muy fanático de ese equipo, una amiga me había dicho que allí las vendían, pero solo cuando se celebraba algún partido. Hacía muchos años que no entraba a ese concurrido lugar, aunque muchas veces paso cerca del mismo.
El último partido al que asistí hace 30 años al ¨Latino¨, como le dicen popularmente, fue un encuentro memorable entre los equipos de Industriales y Santiago de Cuba, eternos rivales. A encuentros como esos los narradores deportivos les llaman ahora ¨clásicos¨, como a los autos viejos en otros países. Lanzaba por el equipo oriental Braudilio Vinent, uno de los mejores lanzadores amateurs cubanos de todos los tiempos, ese día me llamó la atención que cada vez que Vinent sacaba los tres outs y llegaba al doguot a descansar, se quitaba los pinchos y un ayudante le alcanzaba unas chancletas, supongo que para descansar los pies. Estando los orientales delante en el marcador, en un determinado momento del partido los Industriales lograron poner tres hombres en bases; ocupaba el cajón de bateo Armando Capiró, conocido por sus batazos extrabases y para evitar que le conectara e impulsara carreras, Vinent le lanzó la pelota rápida y muy arrimada al cuerpo que casi le pega, por lo que el bateador reaccionó muy molesto, increpándolo. Disgustado por la reacción de Capiró, probablemente en un subidón de adrenalina, el siguiente lanzamiento Vinent se lo tiró directo a la cabeza, el bateador después de tirarse al suelo para evitar el pelotazo, partió para la lomita del picher (box) con el bate en la mano amenazando con agredirlo. Vinent se quedó plantado en el box con ademán desafiante, preparado por si se atrevía a agredirlo, pero como en muchas de las broncas callejeras, la sangre no llegó al río; lo peor fue que los jugadores de ambos equipos se lanzaron al terreno a apartarlos y terminaron peleándose entre sí, armándose una cámara húngara, como consecuencia de lo cual varios fueron expulsados del terreno, incluyendo el lanzador y el bateador. Solo después de un buen rato logró reanudarse el partido, no recuerdo cuál de los dos equipos ganó, lo que no olvidaré nunca fue la reyerta.
Esas peloteras, que se forman al calor de un partido por la rivalidad deportiva, solo pueden apreciarse por completo estando en el estadio, porque cuando suceden, los productores de la televisión cubana generalmente cortan la trasmisión y ponen imágenes más inocentes para evitar publicitar los malos ejemplos. Los narradores, por su parte desbarran de aquellos que propician e intervienen en los que califican como ¨lamentables sucesos¨, convirtiéndose la trasmisión en el inverso del cine silente, o sea una especie de audio invidente o un dictado sobre buenas costumbres por radio. La otra ventaja que tiene presenciar los juegos en los estadios es que se pueden escuchar los aplausos de los fanáticos ante las buenas jugadas o los abucheos al árbitro principal cuando canta un strike por un lanzamiento que parecía bola. Algunos fanáticos le dicen improperios, otros cosas tales como: ¡Ampaya, eres bizco!, esas frases uno no las escucha en la casa porque no llegan a captarse por el micrófono ubicado detrás del home. Y esos casos nuestros narradores, siempre tan diplomáticos y apaciguadores, solo dicen que parece que algunos en el público están inconformes con el conteo.
El béisbol en Cuba fue introducido hacia 1860 por cubanos que estudiaban en los Estados Unidos, así como marineros estadounidenses que hacían escala en nuestros puertos. Ese deporte se extendió rápidamente por toda la isla, aunque no fue hasta 1874 que se realizó un campeonato oficial en la ciudad de Matanzas, de ahí la tradición beisbolera de esa provincia.  El Gran Estadio del Cerro, más tarde ampliado y rebautizado como Estadio Latinoamericano, se inauguró el 26 de Octubre de 1946. En ese parque se celebraban los partidos entre los cuatro equipos de la Liga Cubana de Béisbol, integrados por peloteros cubanos y extranjeros. Los encuentros se efectuaban en invierno mientras recesaba la competencia profesional en los Estados Unidos, lo que permitía que algunos cubanos, si eran seleccionados, pudieran participar en las ligas mayores de ese país y que algunos jugadores estadounidenses jugaran en equipos cubanos.
La Serie Nacional de Béisbol es desde 1961 el torneo amateur de primera división de esta disciplina en Cuba. Se creó al triunfo de la Revolución Cubana a partir de la disolución de liga profesional y enseguida alcanzó gran popularidad. El beisbol es considerado el pasatiempo nacional, aunque últimamente el futbol europeo y de algunos países latinoamericanos, cuyos partidos se pasan por televisión, resulta de la preferencia de muchos jóvenes.
Al principio, la Serie Nacional se disputaba entre cuatro equipos en solo 39 partidos. Después se construyeron estadios de beisbol en todas las cabeceras provinciales y en algunos poblados y la cantidad de equipos se fue ampliando. Desde la temporada 1992-93 el campeonato cuenta con 16 equipos, cada uno representa a una provincia y uno de ellos al Municipio Especial Isla de la Juventud. Esa participación tan amplia de jugadores, muchos de ellos sin suficientes habilidades y experiencia para una serie de primera categoría y el éxodo de algunos hacia el béisbol profesional, redujo la calidad de estos encuentros y el interés del público. Intentando mejorar el espectáculo y foguear más a los  jugadores, se produjo una reciente reestructuración del campeonato. Inicialmente compiten los 16 equipos durante una primera etapa, todos contra todos en 45 juegos. Los que alcanzan los 6 primeros lugares pasan a la segunda etapa, cada uno se refuerza con 6 peloteros seleccionados por sorteo de entre los jugadores de equipos no clasificados y compiten durante 36 partidos, eliminándose los que queden en los dos últimos lugares. Finalmente se efectúa una serie corta entre los cuatro mejores equipos y los que ocupen los dos primeros lugares discuten un ¨play off¨ de 7 juegos; el que gane 4 encuentros será el campeón nacional, que posteriormente se refuerza con otros jugadores y representa a Cuba en la Serie del Caribe.
El día que compré la gorra, jugaban los leones de Industriales y los cocodrilos de Matanzas, que en ese momento ocupaban el tercer y segundo lugar  de la segunda etapa, respectivamente. En los años anteriores los Industriales estuvieron pasando una mala racha y muchos de sus fanáticos se sentían desilusionados y escépticos con su desempeño, entre ellos yo. Matanzas en cambio, aunque no ha ganado el campeonato con el nuevo formato, en los últimos dos años se ha mantenido en planos estelares y su estadio se repleta de público cuando juegan en su sede. En 2017, teniendo al frente del equipo al experimentado jugador y controvertido director Victor Mesa, que dirigió el equipo de Villa Clara y Matanzas durante varios años con buenos resultados, Industriales logró quedar en el primer lugar en la primera etapa de 45 juegos y las esperanzas de los fanáticos habaneros aumentaron. Pero como no van lejos los de adelante si los demás corren bien, en la segunda fase, producto de las lesiones de varios de sus jugadores clave y una fatal selección en el sorteo, el equipo Industriales no pudo reforzarse con buenos lanzadores (según la regla imperante en  la selección de refuerzos, al quedar en primer lugar de la primera etapa, fue el último de los 6 equipos en pedir un pelotero de refuerzo en la primera ronda, además su director sacó del bombo números altos en la rifa de las rondas siguientes y solo alcanzó a pedir los que quedaban en la lista). Por eso su desempeño no ha sido igual frente a los demás equipos reforzados y ha perdido la mayoría de los juegos de la segunda fase, entonces se volvió a despertar el desaliento entre sus  fanáticos menos fieles.  
El día que fui al estadio, la serie particular de tres juegos marchaba pareja a un triunfo por cada equipo, sus encuentros habían sido muy reñidos y  este era el último que se celebraría entre ambos en esa sede. Eran las 2:15 pm de un viernes, como ya estaba en el estadio, decidí quedarme hasta las 4 pm a ver qué pasaba porque después tenía un compromiso que cumplir. Habiendo  llegado pocas personas al estadio a esa hora pude sentarme cómodamente en una de las butacas de madera detrás del home. Los integrantes de la conga habanera permanecían tranquilos, apenas se escuchaban unos pocos cornetines que sonaban algunos fervientes aficionados y los pregones de los vendedores de chucherías.
En el primer inning, Matanzas hizo dos carreras y sacaron temprano del box al abridor de Industriales, proveniente del equipo de la Isla de la Juventud. El partido marchaba 2-0 en el tercer inning, cada vez que los Industriales lograban poner hombres en bases, se armaba la algarabía industrialista, la conga comenzaba a tocar y se incrementaban los trompetazos, pero para decepción del público habanero no lograban anotar carreras. En la primera mitad del cuarto inning el equipo de Matanzas tenía hombres en bases y amenazaba con hacer más carreras. De pronto apareció una llovizna molesta que me obligaría a moverme de mi cómodo asiento y dirigirme más arriba a las gradas de hormigón; prejuiciado con la actuación del equipo no estaba dispuesto a sufrir más y me retiré del estadio pensando que no valía la pena mojarme para verlos perder nuevamente. Después me enteré que en la segunda mitad de esa entrada los Industriales hicieron tres carreras por un jonrón de Urgellés con hombres en bases,  después el partido se mantuvo tan reñido que se extendió por 4 horas. Empeñado en ganar ese juego, el manager de Industriales cambió varias veces de lanzador y a varios jugadores, hasta que al final del partido había salido al terreno los 27 peloteros de la nómina. Al regresar a mi casa, pude comprobar que mi temor se hizo cierto pues Matanzas venció 7 carreras por 6.   A pesar de batear 14 jits, el pitcheo de relevo industrialista hizo aguas y dos errores de un jugador dieron al traste con su derrota. Ese suceso me inspiró a parodiar un conocidísimo y socorrido verso cubano, que alude a las desgracias difíciles de solucionar:
Ya lo dijo Juan Manresa,
Al salir del hospital,
Cuando el mal es no ganar,
Poco puede Víctor Mesa.        
                                                         

P.D.: en el momento de publicarse este relato, los Industriales habían perdido los dos primeros partidos de la siguiente serie particular con el equipo de Artemisa,  en el tercer juego se destaparon a batear y lo ganaron 13 carreras por 3.

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