Lluvias peligrosas

Que un vehículo patine cuando llueve, a veces es inevitable aunque se reduzca la velocidad, pues puede haber zonas en la vía donde el asfalto esté muy liso o haya fango resbaloso. Hubo una época en que la calle  L del Vedado habanero, en el tramo que va desde el cruce con la calle 27 de Noviembre hasta 17,  cuando llovía resbalaba como el jabón. En una ocasión saliendo de la Universidad de La Habana en 1964 presencié un choque espectacular de varios ómnibus que bajaban la loma resbalando. Allí también di mi primer patinazo sentado detrás del conductor de una moto, que por suerte no tuvo mayores consecuencias que ensuciar el pantalón que traía puesto. Las motocicletas de dos ruedas son muy propensas a patinar al pasar por el suelo mojado. Esos problemas fueron resueltos poco después cuando se sustituyó el asfalto de dicha calle.

En mi relato titulado  ¨Peripecias en algunos viajes de trabajo por carretera¨ excluí hablar de accidentes de tránsito porque me interesaba más resaltar los aspectos simpáticos o interesantes de aquellos viajes. En esta ocasión contaré específicamente sobre dos incidentes en los que me vi envuelto cuando viajaba por carretera, que por suerte no resultaron fatales, gracias a lo cual puedo relatarles lo sucedido. Al final incluyo detalles sobre un accidente aparatoso protagonizado por un conocido, que tampoco tuvo mayores consecuencias  para su vida.

Cuando la Carretera Central se construyó en la década del 30 del pasado siglo, en las curvas o donde la vía estaba muy elevada con respecto al terreno circundante, a cada lado de la ruta se colocaron unos postes de hormigón de unos 50 cm. de altura  resaltados con pintura blanca y atados entre sí por cables, para evitar que los vehículos se precipitaran por la cuneta. En 1975,  aún no se había construido la autopista Habana- Pinar del Río, un domingo yo hacía dicho recorrido conduciendo un auto a unos 60 kilómetros por hora, en medio de un fuerte aguacero y al llegar a una curva al final de la que había un puente, el auto comenzó a patinar. En medio de ese desagradable escenario, pude observar como los demás conductores que me seguían y los que venían de frente hacia el puente al ver mi auto patinando detuvieron la marcha para evitar que chocara con ellos. Los choferes con alguna experiencia saben que en esa situación no se deben aplicar los frenos, porque el vehículo comienza a dar vueltas en redondo sin control, por eso reduje la velocidad y cada vez que el carro patinaba y se aproximaba al arcén, giraba el timón en sentido contrario para evitar que chocara con los postes, como no dejaba de patinar, tuve que realizar esa maniobra evasiva dos o tres veces en ambos sentidos. Al pasar por el puente, el carro giró en redondo y comenzó a resbalar en marcha atrás, por lo que el motor se apagó, quedándome sin ninguna posibilidad de intervención en el control del vehículo. Al rebasar el puente, inexplicablemente el auto giró hacia la izquierda y rodando hacia atrás bajó por un callejón de tierra ubicado allí, como si una mano divina lo hubiera conducido hacia ese lugar. Cuando frené el auto, varios conductores que habían presenciado el incidente vinieron a interesarse por las dos personas que veníamos en el vehículo y a prestarnos ayuda si fuera necesario. Por suerte, no chocamos con ningún obstáculo y solo habíamos pasado un mal momento, las consecuencias fueron síquicas, no físicas. Los pocos segundos que duró el evento mantuve la calma y traté de controlar el auto, pero al bajarme  del mismo para comprobar su estado,  me  temblaban las piernas. Al montar de nuevo en el carro para seguir viaje, la dama que me acompañaba, en un ataque de histeria me recriminó diciendo que el auto había patinado porque yo conducía a mucha velocidad y para que se calmara tuvimos que ir por todo el tramo que faltaba a no más de 45  kilómetros por hora. 

En otra ocasión, a inicio de los 90,  viajaban dos autos Lada del ministerio donde laboraba por la Autopista Nacional hacia Sancti Spíritus y al pasar cerca de San Nicolás de Bari comenzó a caer un aguacero tan fuerte que el motor de los carros fallaba debido al agua que le caía a las bujías o al distribuidor por la rejilla del capot, por lo que tuvimos que parar debajo de un puente hasta que amainara. Yo iba en el asiento trasero de uno de los autos, detrás del chofer. Cuando se redujo el volumen de  lluvia continuamos la marcha hasta que un  poco antes de llegar al cruce de Jagüey Grande, en el momento que nos rebasaba una ambulancia del plan de cítricos allí cercano, el auto en que yo viajaba patinó, hizo un giro de 90 grados a la izquierda y continuó resbalando atravesado por la carretera a la misma velocidad que la ambulancia, se aproximó a esta , golpeó su guardabarros derecho y producto del golpe, el capot de la ambulancia salió volando y nuestro auto comenzó a girar en redondo, segundos después el conductor del carro aplicó los frenos y al fin, pudo detenerlo bruscamente. El auto en que viajábamos no sufrió mayores daños, pero tuvimos que desviar la marcha para explicar lo sucedido a la dirección de la empresa citrícola, que estaba a unos pocos kilómetros de allí, responsabilizarnos del accidente y de la reparación de la ambulancia.  En la empresa agradecieron nuestras explicaciones, nos ofrecieron jugo de naranja de las que allí cosechan y café acabado de colar y al fin, pudimos continuar la marcha. A mí, que observé por la ventanilla todo lo sucedido, nunca se me borrará de la memoria la imagen del auto patinando atravesado por la carretera en medio de un silencio sepulcral y el  impacto casi imperceptible con el otro, fue como si estuviera viendo una película silente en cámara lenta.

Conozco el caso de un chofer que iba conduciendo al atardecer un auto estatal por la senda central de la antes mencionada autopista y cuando un ómnibus lo rebasó por la izquierda, el neumático delantero derecho del ómnibus al pasar por un charco le lanzó  un chorro de agua fangosa que le ensució el parabrisas delantero y le redujo la visibilidad a cero. Tratando de alejarse del agua encharcada, el conductor giró el timón a la izquierda y el auto chocó de frente con el inicio del muro separador de la carretera. El impacto fue tan grande que el motor se corrió hacia atrás y desplazó el timón hacia arriba, además el auto se volcó y quedó ruedas arriba. El conductor salió ileso milagrosamente, solo recibió una pequeña rozadura del timón en la punta de la nariz, al volcarse el carro quedó de pie sobre la ventanilla derecha, la que quedó hacia abajo, abrió el cristal de la ventanilla que le quedaba encima de la cabeza y por allí pudo salir del mismo. Horas después cuando llegó a la estación de policía del pueblo más cercano a informar sobre el accidente y llamar a su centro de trabajo, unos policías que habían pasado por allí y visto el estado deplorable en que había quedado el auto no podían creer que el chofer no tuviera ninguna herida ni contusión. Como se dice popularmente, ese día volvió a nacer.

Estas experiencias demuestran que cuando llueve en la carretera los conductores tienen que extremar la precaución, reducir velocidad y en casos de escasa visibilidad detener la marcha y ubicarse en el arcén u otros lugares protegidos hasta que disminuya la lluvia.

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