Berta
Berta es una persona común
pero desde que se jubiló ha tenido poca suerte.
A pesar de su origen
humilde, gracias a las oportunidades creadas por la Revolución y su esfuerzo
personal se graduó en la universidad. Desde niña habitó con sus padres y su
hermano en un pequeño espacio remodelado por esfuerzo propio como apartamento dentro
de una antigua casona de la época colonial. Berta ha estado casada dos veces,
perdió un embarazo y está divorciada hace decenas de años. Es una persona muy
humana y sensible, buena amiga, se desvive por ayudar no solo a sus familiares,
sino también a vecinos, amigos y conocidos.
Desde
joven trabajó varios años en una empresa, posteriormente en la administración pública. En aquélla época
el salario que percibía le era suficiente para los gastos corrientes, pagar a
plazos algún equipo electrodoméstico e irse de vacaciones a una casa en la
playa para trabajadores durante una semana cada año, compartiendo gastos con
una compañera de trabajo. Después de la desaparición de la URSS y el derrumbe
del campo socialista, pasó más de 10 años del llamado ¨período especial¨ realizando
trabajos de oficina en un hotel de Cayo Largo del Sur, en esta labor percibía
mayores ingresos, aunque todos los meses debía permanecer allí durante 20 días,
dormía en un albergue colectivo y disfrutaba de 10 días de pase en su casa.
Debido a la avanzada edad de su madre regresó a La Habana y trabajó en una
empresa cercana a su lugar de residencia hasta que se acogió a la antigua Ley
de Seguridad Social, recibiendo una pensión de 350 pesos mensuales. Como que el
importe de su pensión y la de su mamá no les son suficientes para cubrir sus
gastos, después de algún que otro intento infructuoso de trabajo en cafeterías
particulares del barrio, se dedica a limpiar apartamentos de amistades una vez
a la semana, lo que le representa un ingreso mayor para comprar alimentos,
artículos de aseo y mejoras mínimas a su vivienda. Ya con más de 60 años de
edad ese trabajo le causa fuertes dolores articulares. Para mayor desgracia se fracturó un dedo de
una mano y durante unos meses no pudo realizar esa labor porque le quedaron
fuertes dolores y una tendinitis que se le agravan al exprimir la frazada de
piso y que contrarresta con analgésicos y antiinflamatorios diariamente y asistiendo
a frecuentes sesiones de fisioterapia.
A todas estas, en los
momentos en que estuvo convaleciente, la preparación de los alimentos y otras
tareas del hogar la tuvo que asumir la madre octogenaria.
Pensando que era un trabajo
más llevadero para su edad y limitaciones físicas comenzó a laborar como
secretaria de una sala de un hospital cercano a su casa, pero lo abandonó antes
de llegar el mes porque la presión de trabajo y la desorganización imperante le
resultaba insoportable y ganaba lo mismo trabajando todo el mes en el hospital
que en 4 días limpiando casas, además en esta última actividad le quedan 20 días libres adicionales
cada mes para ocuparse de las labores del hogar.
Como
no encontró mejor alternativa laboral, en cuanto el dolor de la mano cedió un
poco, volvió a la limpieza de casas. Nunca le ha pasado por la mente meterse en
negocios turbios, es una persona honesta
y de principios y no soporta oír a alguien hablar mal de la Revolución.
Por
suerte, Dios aprieta pero no ahoga. Tiene
acceso gratuito a la asistencia médica. Además, su hermano, una prima y muchos
amigos la ayudan en la medida de sus posibilidades, incluso algunos le recargan
el celular desde el extranjero, casi todos los días intercambian mensajes y le
traen regalitos cada vez que viajan a Cuba.
Ella no es un caso aislado, hay
muchas personas como ella entre el millón y casi setecientos mil beneficiarios
de la seguridad social que tiene el país.

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