La vida moderna se impone

Cuando mi hija menor estudiaba en Ucrania, entre 1988 y 1993 sus progenitores le informamos por carta, con dos meses de antelación, que la llamaríamos el día de su cumpleaños a una determinada hora al teléfono atendido por una ¨babushka¨ en la entrada de su albergue estudiantil, de ese modo se aseguraba que ella esperara la llamada y que el teléfono, de uso colectivo, no estuviera ocupado en ese momento. La llamada la hacíamos desde un teléfono habilitado en el antiguo Club del Marino en la Habana Vieja, que permitía comunicar con ese país a través de la red de telefonía de la flota mercante rusa.  Después de varios intentos, a veces lográbamos comunicar, otras no. No recuerdo por qué usábamos esa desacostumbrada vía de comunicación, ya desde fines de 1976 existía la Estación Terrena Caribe que conectaba con el satélite soviético de comunicaciones Intersputnik y desde 1979 el país  ingresó en el sistema Intelsat, pero lo cierto es que desde el teléfono fijo de la casa no podíamos garantizar la llamada a una hora predeterminada a través de operadoras de larga distancia. En esa época, probablemente no había acceso generalizado a la teleselección telefónica internacional, que se logró después cuando se instaló el sistema de fibra óptica nacional y la digitalización de la telefonía a partir de 1994, con la creación de la Empresa de Telecomunicaciones de Cuba (ETECSA) en conjunto con la italiana STET.
La telefonía móvil, también llamada celular surgió en 1983 y se desarrolló con mucha rapidez, llegó a Cuba algunos años más tarde y hoy en día permite comunicar por un teléfono móvil o enviar un mensaje desde y a cualquier parte del mundo civilizado sin tener cita previa, también admite utilizar el correo electrónico o alguna red social.
La utilización masiva de modernas tecnologías de comunicaciones e informática en los últimos años, ha cambiado algunos aspectos de la vida del cubano. Nadie podría haber pronosticado que en pocos años llegaríamos a tener una densidad de 47,4 teléfonos por cada 100 habitantes y  403  usuarios de internet por cada 1000 habitantes a fines de 2016, todo ello gracias al crecimiento exponencial de la telefonía móvil y la instalación de redes wi-fi en lugares públicos. 
Hace unos días me llamó la atención una señora que aparentaba tener unos 80 años, que estaba sola sentada en un banco en el parque de la iglesia de San Antonio de los Baños, comunicando por su móvil voz e imagen con algún pariente en el extranjero empleando el IMO. ¡Quién lo hubiera imaginado hace unos años!
Esa señora es un caso raro porque muchas personas de la tercera y sobre todo de la cuarta edad generalmente se comportan de modo conservador, se aferran a los métodos o artefactos conocidos y desconfían de lo moderno. Piensan que no hay nada más cómodo que unos zapatos o chancletas viejos, aunque no estén muy presentables. Son reacios a mudarse de sus viviendas y a los cambios bruscos de la vida. Algunos prefieren hacer una larga cola para cobrar la jubilación el día fijado en una caja del banco que enredarse con la contraseña y los menús de un cajero automático, que les resultan incomprensibles. A principios del 2000 unos conocidos viejos auditores rechazaban usar el laptop para simplificar su trabajo y cuando obligados por la presión colectiva se vieron precisados a hacerlo, lo más que lograron fue mecanografiar y editar el informe final en él. Ni hablar de copiar en una memoria ¨flash¨ las cuentas informatizadas del auditado y comprobar las operaciones contables desde su laptop, mediante hojas de cálculo automático u otro software. Eso lo lograron después los más jóvenes y avezados.
El empleo de computadoras y redes informáticas en la enseñanza desde la primaria a la universidad, en las instituciones o empresas y la existencia de más de 600 Joven Club de Computación y Electrónica en el país desde hace decenas de años, han permitido preparar miles de personas en las nuevas tecnologías de la información y como resultado de ello, muchos se han convertido no solo en usuarios, sino en fanáticos de internet y las redes sociales. Muchos nativos digitales se encontraban fuera de sí en los días posteriores al paso del ciclón Irma cuando por falta de electricidad y de redes wi-fi no lograban ¨conectarse¨ a la red.
Aún para los que peinan canas, a la larga, lo moderno se va  imponiendo, aunque no siempre sea por iniciativa propia, sino porque las circunstancias obligan. Un caso típico se da con el teléfono móvil. Hay muchas personas que aún no disponen de teléfono fijo en su casa o en su negocio particular (solo 11,8 por cada 100 habitantes) y dependen del celular para comunicarse y si los llaman desde un teléfono fijo no contestan porque el que llama les consume del fondo de tiempo que deben pagar en divisas. A esos que no disponen de teléfono fijo y dependen del celular para comunicarse, para abreviar los denominaré a continuación ¨unicelulares¨. Aquél que solo dispone de un teléfono fijo, si tiene que coordinar un servicio con un mecánico de auto o un albañil  ¨unicelular¨, entonces tiene que recurrir a algún pariente o amigo que tenga saldo disponible en su celular para que lo llame, lo cual además de ser  un gran inconveniente para ambos, entorpece y retarda la gestión.
Hace decenas de años que empleo habitualmente la computadora y el correo electrónico en mi profesión y cuando tengo oportunidad busco información por internet, sin embargo debo confesar que al principio fui reacio a usar el teléfono celular porque me resultaba muy costoso pagar por la línea y las llamadas, además quería evitar que desde la casa me localizaran en cualquier parte donde estuviera tranquilo disfrutando de mi tiempo libre, para ¨parquearme tiñosas¨ del tipo: ya que estás cerca, llégate al mercado y trae cebollinos para preparar arroz frito. Pero los precios de la telefonía móvil en Cuba fueron bajando y me sentía un poco acomplejado y anacrónico al estar rodeado de personas que usaban el celular a diario. Cuando experimenté varios tropiezos para contactar con algunos ¨unicelulares¨, me decidí a comprar una línea, por suerte no tuve que buscar dinero para adquirir el equipo porque me regalaron un Nokia de principios de este siglo, con pantalla monocromática pequeña y teclado, que me basta para comunicarme.
Sucedió que como tengo teléfono fijo en casa, apenas usaba el celular y por falta de costumbre casi siempre se me olvidaba llevarlo conmigo cuando salía a alguna gestión y, al regresar, a veces tenía registrada alguna llamada perdida, entonces me impuse crearme el hábito de llevarlo encima cuando saliera de casa. El domingo inmediato fui al teatro y lo llevé conmigo. La semana siguiente nadie me llamó por el celular y no lo necesité hasta el viernes, cuando tuve que hacer una llamada urgente y el teléfono de mi casa estaba ocupado, pero al buscarlo no estaba en la mesa donde habitualmente lo ponía. Registré toda la casa y no apareció. Llamé por el teléfono fijo al número de mi celular varias veces, daba timbre y nadie contestaba. Hablé con amigos y parientes y todo fue infructuoso, el dichoso celular no aparecía. Entonces, por la tarde fui a buscarlo al teatro antes que comenzara la función nocturna. Al preguntar me dijeron que nadie lo había encontrado, como las funciones de ese teatro solo se efectuaban los fines de semana pensé que quizá todavía estaba en el asiento donde estuve sentado durante la función y conseguí que una empleada, muy amablemente, me dejara entrar a la sala y llegar a dicha butaca, pero no lo encontré por todo aquello. Previendo que alguien podía haberlo hallado y venderlo o comenzar a usarlo con otra tarjeta, decidí reportar el incidente a la empresa telefónica. Al día siguiente, bajo una llovizna pertinaz, fui a la oficina de CUBACEL portando otro celular prestado, un poco más moderno, reporté el extravío y me vi precisado a gastar 3 pesos convertibles por una nueva tarjeta SIM, quedando el anterior celular inscrito en la lista negra de los extraviados. Una semana después el aparato apareció metido detrás del cojín de una butaca de un amigo al que visito con frecuencia, al parecer se me había caído del bolsillo de la bermuda que usaba ese día y cuando llamé para localizarlo, mi amigo no estaba en su casa o no escuchó los timbrazos.  
Como habrán podido apreciar, hasta ahora el teléfono celular me ha traído más problemas y gastos que beneficios, incluso a cada rato mi nieto me pide que le transfiera algo de mi cuenta. Para colmo, tomé unas fotos en una actividad cultural a la que asistí y salieron muy borrosas. A pesar de eso debo sentirme feliz por estar en la modernidad telefónica, tengo dos celulares a mi disposición, aunque no sean táctiles ni inteligentes. En mi caso se cumple aquello de que: ¡Al que no quiere caldo, tres tazas!, en mi caso dos.

Comentarios