La ¨botella¨
Una botella es una vasija de
vidrio o plástico que se utiliza para envasar líquidos, aunque en Cuba ese
término ha tenido también otros significados.
La palabra ¨botella¨ se
utilizó para denominar aquellos puestos de trabajo virtuales que se crearon en
la pseudorepública entre 1902 y 1959 en dependencias gubernamentales para beneficiar
a algunos colaboradores de funcionarios y políticos en el poder, que cobraban un
salario sin asistir al trabajo a cambio de
lealtad e incondicionalidad personal
al corrupto benefactor. Rememorando esa
época, a veces el término se emplea para destacar cuando alguna persona cobra
un salario y tiene pocas obligaciones que cumplir, entonces se le dice: ¡Tú lo
que tienes es una botella! La ¨botella¨ no fue exclusiva de nuestra isla, ha existido
en otros países, hace pocos meses fue denunciado un caso similar en la prensa
de Francia.
En
lo adelante nos referiremos a otra acepción del término. Al que en nuestro país
utiliza el ¨auto stop¨, popularizado por jóvenes en otros países para viajar
gratuitamente por carretera, se le dice que va en ¨botella¨ o que es un
¨botellero¨, términos probablemente derivados de la ¨botella¨ laboral. En
castellano los autoestopistas piden ¨aventón¨, en Cuba piden ¨botella¨.
El hecho de ¨pedir botella¨
o ¨ir en botella¨ se incrementó al presentarse dificultades con el transporte
público porque pasados varios años después del triunfo de la Revolución los
ómnibus de procedencia estadounidense dejaron de circular por falta de repuestos
y sobre todo, a partir de 1989 por la desintegración de la URSS y el derrumbe
del campo socialista que provocaron escasez de combustible y serias las
limitaciones a la transportación.
Para mitigar esas dificultades
en la década de los 90 del pasado siglo, a la salida de las ciudades y poblados
y en algunas intersecciones de las grandes ciudades, se establecieron puntos
controlados por inspectores de transporte vestidos con uniformes de color amarillo
mostaza (popularmente conocidos como ¨amarillos¨), donde obligatoriamente debían
detenerse los vehículos de propiedad estatal y si tenían espacio libre, recoger
pasajeros entre los que allí esperaban. Con el paso de los años, aquella
situación económica tan crítica se superó y los ¨amarillos¨ desaparecieron, emergiendo
cuentapropistas que adaptaron camiones para transportar personal en algunas autopistas
y carreteras. Pero parece que la frecuencia con que prestan ese servicio no
satisface todas las necesidades porque en horario diurno se pueden ver personas
en las salidas de las ciudades mostrando dinero a los conductores de los vehículos
que pasan, como señal de que están dispuestos a pagar para ser transportados de
modo expedito. Hace poco más de 5 años algunas personas iban en bicicleta hasta
el comienzo de la Autopista Habana-Pinar del Río y ofreciendo pagar por el
viaje, paraban algún camión al que subían el ciclo para bajarse después en una
determinada intersección y seguir pedaleando hacia otra parte. Por los caminos de
la Sierra del Rosario andaban en bicicleta comprando cerdos destetados con el
fin de engordarlos, estos los llevaban en una canasta metálica o una caja fijada
delante de la bicicleta, pedaleando de regreso hasta la autopista, donde tomaban
un camión de regreso. Iniciativas como esas se destacan en el estribillo de una
canción del trovador Tony Ávila, que dice: ¨lo que el cubano inventó en los 90,
no lo inventa un japonés ni amarrado¨
La ¨botella¨ se convirtió en
esos años en una vía muy utilizada para transportarse dentro
de las ciudades, sobre todo por las mujeres, que siempre han sido priorizadas por los choferes por elemental caballerosidad
o solidaridad, aunque, quizá con alguna
que resultara muy atractiva, no faltaría alguien que lo hacía buscando establecer
una relación más íntima. A las más arriesgadas no les amilanaba ir en ¨botella¨
sentadas detrás y agarradas al conductor de una moto o bicicleta, su objetivo
era transportarse. Conocí una señora de mediana edad que nunca esperó un
ómnibus, diariamente se paraba junto al semáforo de Malecón y Marina y llegaba
a tiempo a su centro de trabajo, ubicado a escasos 3 kilómetros en la
Habana Vieja, viajando en ¨botella¨. Se hizo ¨botellera¨ habitual de cualquier
vehículo que parara en ese lugar y se iba con el primero que la recogiera. Algunos
funcionarios que conducían diariamente por una misma ruta tenían sus
¨botelleras¨ fijas entre las conocidas o aquellas que trabajaban en el mismo
edificio o cerca de este. Ellas se acostumbraron tanto a ese modo personalizado
de transportación que cuando algún día el funcionario no pasaba por ese lugar, como
¨las costumbres se hacen leyes¨, al día
siguiente le reclamaban: ¿Qué te sucedió ayer que no pasaste por aquí?
Lugares muy concurridos por
¨botelleras¨ en La Habana eran las intersecciones semaforizadas en el Malecón,
las avenidas de Rancho Boyeros y 31, la calles Línea, Paseo, G y 23, la Vía
Blanca y las rotondas de la Avenida Monumental o la Autopista del Mediodía.
Algunos extranjeros que
llegaban a la ciudad y no conocían la costumbre, al ver tantas mujeres jóvenes
en fila en las aceras hablando con los conductores, pensaban que eran
prostitutas que proponían sus servicios eróticos como hacen en sus países, pero
no eran más que simples trabajadoras o estudiantes.
La cantidad de ¨botelleras¨
se redujo al proliferar en los años 2000 el empleo de viejos autos norteamericanos
como taxis, apodados popularmente
¨almendrones¨, seguramente por su carrocería ovalada, que transportan 4-5
pasajeros y en algunos casos hasta más, por rutas fijas y cobran una tarifa que
equivale a 25 veces el precio de 40 centavos de un viaje en ómnibus local. Algunos
años después, en La Habana comenzaron a funcionar microbuses y más
recientemente taxis ¨ruteros¨, auspiciados por el gobierno provincial y operados
por cooperativas de o empresas de transporte, que intentan mejorar ese servicio
y contrarrestar el alto precio que cobran los conductores ¨particulares¨, aplicando
la tarifa de un peso (CUP) por kilómetro recorrido. Pero a aquellos cuyos
ingresos no les son suficientes para pagar diariamente 10 o 20 pesos por ir y
venir al trabajo, no les queda más remedio que esperar pacientemente que pase el
ómnibus o pedir ¨botella¨.
El Instituto Oftalmológico
Ramón Pando Ferrer está ubicado en el municipio de Marianao en las
intersecciones de las avenidas 31 y 41, para crearlo fue ampliado y remodelado
el antiguo hospital surgido en el siglo pasado por auspicio de la Liga Contra
la Ceguera, por eso hace decenas de años a esa zona todos la conocen como ¨La
Ceguera¨. Cuando usted conduce un vehículo por la calle Línea o la Avenida 31,
se dirige al oeste de la ciudad y se detiene ante un semáforo en las intersecciones
de las calles G, Paseo o 10, es frecuente que se le acerque alguna mujer parada
en el separador central y le pregunte: ¿Va Ud. para la Ceguera? Cuando eso me
sucede, siempre bromeo y le contesto: ¿Porqué Ud. me
desea esa desgracia? y la dejo confundida. No obstante, si debo pasar cerca de allí,
le doy ¨botella¨.
Existen botelleras muy
sociables y conversadoras, incluso si trabajan en alguna institución de
servicios le ofrecen al chofer cualquier ayuda que puedan requerir, aunque
algunas jóvenes se encierran como ostras y se abstienen de hablar por temor a
que el conductor o algún pasajero intente conquistarla. El colmo de un
¨botellero¨ es cuando queriendo demostrar empatía o agradecimiento hacia el
conductor o dándoselas de experto, le dice que el carro hace un ruido extraño
por alguna parte o que hay que regularle el carburador porque el escape huele a
combustible. Y al conductor, que sufre con los achaques de su viejo auto, esas
observaciones no le hacen ninguna gracia y le viene a la mente aquello de ¨limosnas con escopetas¨.
Ha sucedido que un grupo de
mujeres deseando viajar en ¨botella¨, utilizan de señuelo a la más joven y bella,
pensando que al conductor le encantará llevarla a su lado y cuando este detiene
el auto y abre la puerta, todas aparecen de pronto, la más fea monta delante y las demás se
sientan detrás. Conozco a uno que se sintió molesto con el truco y cuando se
sentaron les dijo que el cobraba por los viajes y no les quedó más remedio que
bajarse. Una actitud que molesta mucho a los conductores es cuando una joven
pide ¨botella¨ para trasladarse apenas a 500 metros y evitarse caminar bajo el intenso sol.
Por eso algunos choferes son remisos a dar ¨botella¨ y cuando le preguntan: ¿Va
para 23 y 12? contestan que no y siguen su camino. En respuesta a esa actitud ya
las ¨botelleras¨ que se paran en las avenidas no piden ir a un lugar específico
y dicen: ¿Me puede adelantar?, para que el conductor se vea precisado a aclarar
hacia donde se dirige.
Aunque las opciones de
transporte público mejoren y se incrementen, parece que la ¨botella¨ en Cuba no
desaparecerá por mucho tiempo. A pesar de que haya conductores que se
desentiendan y no escuchen a la ¨botellera¨ a través del cristal oscuro del
vehículo climatizado, siempre existirán personas solidarias dispuestas a
recogerlas, porque comprenden que siendo insuficiente el transporte público, de
cierta forma es un privilegio disponer de un vehículo para transportase con
facilidad. En Cuba, el riesgo de ser objeto de violencia al recoger en el auto
a algún desconocido dentro de la ciudad y a plena luz del día es casi nulo,
cosa rara en otras partes donde la violencia impera en las calles. Así somos y
seguiremos siendo los cubanos: solidarios y con las mujeres, caballerosos y si son
bellas, galantes.
Como han podido apreciar, lo
anterior ha sido relatado desde un punto de vista masculino. Ya que últimamente
hay muchas mujeres conduciendo autos y motos, habría que preguntarles qué
piensan sobre este asunto. ¿Darían botella? Sería interesante que alguien lo
investigara. A lo mejor alguna periodista se embulla y hace una crónica sobre
el tema con un enfoque femenino.
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