¿Nos podemos mudar a otro planeta?
Las dos madrugadas que siguieron
al sábado 9 de septiembre de 2017, La Habana permanecía sin electricidad desde
la tarde anterior, al principio como medida preventiva para proteger el sistema
electro energético nacional y después por los estragos causados por los fuertes
vientos y las penetraciones del mar que acompañaban al huracán Irma. Como me
había acostado temprano y los septuagenarios dormimos menos de 8 horas, me
desperté mucho antes del amanecer. La batería del teléfono celular se había
descargado y no podía escuchar la radio a través de ese aparato. El teléfono
fijo funcionaba, pero ¿a quién iba a llamar a esa hora? Se oía el sonido de los
vientos huracanados, apenas llovía. Al no poder encender el televisor ni ponerme
a leer, ya sin sueño, me quedé acostado meditando
a oscuras. Nunca había tenido la posibilidad de hacerlo sin que nadie me
interrumpiera o escuchara el claxon o el ruido de un vehículo pasando o el timbre de un teléfono.
Es increíble cómo en la antigüedad grandes pensadores fueron capaces de
escribir obras maravillosas a la luz de una vela o un quinqué, yo no podría
leer en esas condiciones, mucho menos escribir, a pesar de estar operado de cataratas.
Lo primero que cavilé fue: ¿cómo
me podría enterar de la situación meteorológica actualizada sin disponer de
electricidad? y concluí que deberían habilitar un sitio donde llamar por
teléfono para que los que no tengan electricidad en ese momento puedan conocer algo
tan importante.
Después me vinieron a la mente la
cantidad de problemas que hay en este mundo en que vivimos: guerras por el
control de los recursos naturales y para mantener la hegemonía de unos países
sobre otros. Amenazas, bloqueos y sanciones a otros países. Terrorismo en
Europa, África y Asia. Luchas entre diferentes etnias y por motivos religiosos.
Cárteles de la droga, paramilitarismo, incremento del racismo, las
desapariciones forzosas, la delincuencia, la prostitución, el asesinato y la violencia.
Hambruna en países africanos. Terremotos, huracanes y tifones. Prolongadas
sequías y grandes inundaciones.
Entonces me pregunté: ¿para
evitar todos esos males sería posible mudarnos a otro planeta? Concluí que no es posible ni conveniente,
porque:
·
En primer lugar, no se ha descubierto aún un
planeta que garantice similares condiciones de vida a los seres humanos.
·
En segundo lugar, ¿se podría evitar que en ese planeta
se reproduzcan los males sociales antes
enumerados? Claro que no, porque los
causantes de dichos males no cambiarían de forma de pensar en otro planeta. Por otra parte ¿quién es el que establecería
las reglas de juego? ¿Los que disponen de los mayores recursos y por eso llegarían
primero? Entonces, se reproduciría el orden internacional injusto, surgirían
luchas durante la colonización por el control de los recursos y la historia de esta
humanidad se repetiría en otro planeta.
Un antropólogo y sociólogo sueco
me contó de un experimento que hicieron varios científicos, que intentaron
crear una sociedad sin gobierno, leyes ni reglamentos, en un lugar aislado, en
medio de los bosques al norte de su país.
Al cabo del tiempo aquello se convirtió en una tremenda anarquía y
tuvieron que suspender el experimento.
Cuando amaneció el lunes me puse
a evaluar la situación en mi entorno hogareño y concluí que no estábamos tan
mal: había gas de la calle y productos con qué alimentarse; el teléfono fijo
funcionaba; aún quedaba agua en los tanques de reserva y la electricidad
llegaría en algún momento. Lo más malo era el calor reinante sin poder usar el
ventilador. Reconozco que para los adictos a la informática resulta fatal la
falta de electricidad y la consecuente ausencia de conexión con internet y de
correo electrónico, pero se puede prescindir de ellos por
un tiempo. Entonces pensé que muchas personas que viven en el norte de las
provincias orientales y centrales o cerca de las costas estaban mucho peor: han
perdido el techo y paredes de sus casas y algunos de ellos todas sus propiedades.
Otros tuvieron que evacuar sus bienes y protegerse en casas de vecinos o
albergues. Estamos vivos, que es lo fundamental, desgraciadamente algunos han
fallecido debido al fenómeno meteorológico. La naturaleza de la que formamos
parte tiene gran capacidad de regenerarse y levantarse ante las adversidades. Los
árboles que no son arrancados de raíz, pierden ramas y hojas, pero con el
tiempo se recuperan de los fuertes vientos.
Me levanté y abandoné mi labor de
filósofo de ¨café con leche¨, motivada quizá por el estrés ciclónico o porque
había comido muy temprano la noche
anterior y tenía al estómago vacío. Desayuné y entonces recogí con una pala
medio saco de repello de una pared exterior del segundo piso de mi edificio,
que había caído al patiecito en la planta baja en la que vivo. Después me puse
a ayudar a acopiar y apartar las ramas que obstruían el paso de los vehículos por la calle frente
al edificio, hasta que llegaran los camiones de comunales.
Ya lo peor pasó, no hay que
seguirse ¨atormentando¨ con la tormenta y los demás problemas de la humanidad. Este
es el mundo en que nos tocó vivir y hay que resistir las adversidades y hacer
todo lo posible por mejorarlo y mejorarnos. Hay que echar pa´lante. Con el
esfuerzo diario de muchos, el país volverá a levantarse. Dentro de 365 días, por
la televisión dirán ¨Ayer hizo un año que pasó el ciclón Irma¨. Muchos ni se
acordarán, habrá nuevas cosas de qué preocuparse y sobre todo, de qué
ocuparse.
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