Las iniciativas y los trabajos informales
Hace
unos días una joven trabajadora se quedó dormida y en el apuro por llegar al
trabajo se equivocó, metió en su cartera el teléfono inalámbrico de su casa
creyendo que era su celular y dejó a la familia incomunicada durante varias
horas. Ese hecho me trae a la memoria algunos artilugios que se utilizaban
antaño para evitar que se extraviaran objetos imprescindibles durante la
prestación de servicios al público. El más simple era el llavero de los baños
de bares o cafeterías, que se preparaba empleando un pedazo muy grande de
madera, aluminio o hierro, que resultaba imposible de meter en un bolsillo o
cartera y olvidar devolverlo. Los había de todos tipos y tamaños, algunos más
presentables, otros más bastos. Esos llaveros ya no son necesarios pues de
buenas a primeras, la mayoría de las
administraciones de los establecimientos de servicio se desentendieron
de la atención de los baños y fueron sustituidos por el ¨cuidador de baños
públicos¨, ridículo nombre que aparece en la lista oficial de trabajos
autorizados a ejercer por cuenta propia para designar al que se encarga de
mantenerlo limpio a cambio de una moneda, mantiene el orden de la cola y en el
mejor de los casos, le facilita un pedazo de papel higiénico, de jabón o
perfume barato.
Otra
de las facilidades que podría surgir en algunos mercados
de alimentos es el alquiler de binoculares para que los clientes hipermétropes
o cegatos puedan leer los precios de las ofertas de productos que aparecen manuscritas
en las tablillas o carteles junto a los productos exhibidos a metro y medio del
mostrador. Como medida de seguridad el que alquile el binocular lo debiera
tener atado bien fuerte por una larga cuerda al cinturón, de modo que el
cliente se pueda desplazar con la mayor libertad sin que se lo lleve consigo al
salir del mercado, tal y como hacen los cajeros de bancos y casas de cambio que
amarran el lápiz o bolígrafo con el que firman los clientes los comprobantes de
las transacciones monetarias.
Otro
artefacto que se usaba en algunas salas de lectura de la prensa en bibliotecas
y sociedades de recreo consistía en dos piezas de madera barnizada de unos 75
centímetros de largo atadas por su correspondiente candado que atrapaban por el
medio las páginas del periódico del día y el lector agarraba por el mango para
trasladarlo hacia y desde la mesa de lectura, como si fuera un estandarte. Un
empleado entregaba los ¨portaperiódicos¨ y vigilaba para evitar que algún lector lo rasgara y se lo llevara del lugar.
El
cubano aplica muchas iniciativas, en cualquier momento en alguna cafetería
rescatan la tradición de las antiguas barberías y ofertan periódicos del día y
revistas de reciente edición a los clientes que meriendan o saborean una taza
de café sentados y de pronto, como un remake, reaparece el ¨portaperiódicos¨ o
el ¨portarevistas.¨ Sería una variante más práctica que el fracasado ¨Café
Literario¨ porque el tiempo que se invierte en tomarse un café o merendar es
una ínfima parte del que se utiliza en leer algún libro de los que allí
prestaban y como casi siempre hay
personas esperando para ocupar un asiento en las cafeterías e irse rápido, si
Ud. se queda sentado leyendo un libro le caerán encima muchas críticas, maldiciones o improperios de
los que esperan. En muchos países hay establecimientos comerciales con servicio
de Wi-Fi, pero en Cuba sería muy costoso para los propietarios, a menos que sus
locales se encuentren frente a los parques donde se ha instalado ese servicio,
pero aun así, los clientes permanecerían largo tiempo sentados conectados y
consumiendo lo menos posible porque los
ingresos personales son bajos. Solo fuera económicamente sustentable en
aquellos restoranes (paladares) que cobran precios muy altos por el servicio
gastronómico, a los que asisten personas de altos ingresos o algunos que se
pasan tiempo ahorrando para celebrar un cumpleaños o unos quince, pero no me
imagino a alguien disfrutando de un plato costoso y al mismo tiempo conversando
a través del IMO con un familiar o mostrando por la cámara lo que están
comiendo, alguien lo podría juzgar como un comportamiento ridículo u ostentoso.
Existen
más de 500,000 trabajadores por cuenta propia inscritos oficialmente y varios cientos
de cooperativas no agropecuarias que ofertan disímiles artículos y servicios,
pero también hay personas que hace
muchos años realizan trabajos informales o extraoficiales, por ejemplo el
revendedor de periódicos, que hace la cola sucesivamente en el estanquillo para
comprar varios periódicos y venderlos cinco o diez veces más caros, sobre todo del
Juventud Rebelde del domingo que trae artículos muy seguidos por el público, o el
que acapara para revender entradas para el ballet o los espectáculos más
demandados en los teatros. Los que pasan por la entrada de tiendas y mercados
pueden constatar la presencia de vendedores informales de los más disímiles
artículos, algunos simples trabajos artesanales como manillas enguatadas para
sostener calderos, bolsitas de nylon, zapatos usados, productos nuevos de dudosa procedencia como
muebles, conservas, artículos de aseo, piezas de repuesto de autos, muchos de
ellos acaparados cuando los sacan a la venta o extraídos de los almacenes de
esos u otros establecimientos, las que constituyen violaciones de las
regulaciones comerciales que pueden ser objeto de multas u otras sanciones. También
están los que se ofrecen para transportar en carretillas, motonetas y
camionetas los artículos pesados adquiridos por los clientes en las tiendas, la
mayoría de estas personas probablemente estén inscriptos como transportistas.
La labor más notoria y repulsiva es la de los revendedores permanentemente ubicados
en las afueras de las tiendas de materiales de la construcción, popularmente
conocidas como ¨rastros¨, porque generalmente lo que venden no viene de lejos,
sino del propio establecimiento o de algún productor clandestino cercano.
Algunos
trabajos informales se originan cuando los servicios no funcionan debidamente. Para
facilitar la vida a los demás y de paso sobrevivir, hace poco aparecieron cambiadores de menudo en algunas paradas de
ómnibus, que truecan un peso por 4 monedas de 20 centavos y retienen 20
centavos por el servicio. Gracias a esto el pasajero puede dar dos viajes por
un peso, quedándole a su favor veinte centavos y no un solo viaje cuando los
choferes o los llamados ¨conductores¨, escudándose en la aglomeración de
público, no devuelven el cambio del peso. En cualquier momento vemos personas prestando un servicio similar de
suministro de moneda fraccionaria en las afueras de aquellos comercios en que
sus administradores no garantizan la existencia de menudo suficiente para dar
el vuelto. En algunas paradas de ómnibus han aparecido emprendedores que
alquilan banquitos a los que esperan
pacientemente que pase el ómnibus.
Otra
de las facilidades que podría surgir en algunos mercados
de alimentos es el alquiler de binoculares para que los clientes hipermétropes
o cegatos puedan leer los precios de las ofertas de productos que aparecen manuscritas
en las tablillas o carteles junto a los productos exhibidos a metro y medio del
mostrador. Como medida de seguridad el que alquile el binocular lo debiera
tener atado bien fuerte por una larga cuerda al cinturón, de modo que el
cliente se pueda desplazar con la mayor libertad sin que se lo lleve consigo al
salir del mercado, tal y como hacen los cajeros de bancos y casas de cambio que
amarran el lápiz o bolígrafo con el que firman los clientes los comprobantes de
las transacciones monetarias.
Para
evitarle al comprador hacer largas colas, en las inmediaciones de los mercados
y tiendas que ofertan artículos escasos de alta demanda, también puede aparecer,
junto a los revendedores, el ¨colero profesional¨ que cobre unos pesos por
reservar un espacio en la cola. A propósito del tema, me contaron de un señor
de avanzada edad que intentó pasar por minusválido y se puso delante de la
cola. A una señora que llevaba un buen rato en la fila le surgieron dudas sobre
la dolencia que este padeciera porque, aparte de viejo, aparentemente no
presentaba ninguna y algo molesta le preguntó que en qué consistía su
minusvalía, a lo que el señor le contestó; ¡Señora, hace muchos años que soy
impotente!
Muchos deseamos ver a
los que viven del mercado ilícito y del trabajo informal incorporados a la
producción o la prestación de servicios de forma honesta, contribuyendo al
desarrollo del país y al bienestar colectivo, pero mientras la oferta de
determinados productos y servicios sea insuficiente y en esas labores
informales algunas personas obtengan ingresos similares o superiores e
inviertan menos tiempo que en cualquier variante de empleo formal, a pesar del
riesgo que corren por sus ilegalidades, seguirán haciendo lo mismo. ¡A perro
huevero, aunque le quemen el hocico! Y para que contrarrestar ese fenómeno, hay
que crear oportunidades de trabajo bien remunerado para producir más e incrementar las ofertas de productos,
establecer un adecuado control interno en tiendas y establecimientos y trabajar
fuertemente en la recuperación de valores éticos.
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