La espera y la privacidad
El
que espera, desespera, reza un refrán muy conocido que
caracteriza el tránsito del estado de ánimo que cualquier persona trae cuando
llega a algún lugar para ser atendido, al cambio de humor o el estrés que se le
va produciendo a medida que pasa el tiempo y no lo atienden rápidamente. Hay algunos
que sabiendo que deben esperar van preparados a esos lugares y llevan un libro aspirando
a leer para no aburrirse, pero sucede
que en nuestro país no existe ese hábito, a pesar del alto nivel de escolaridad
de la población y los que esperan prefieren hablar de cualquier tema, aunque
sea intrascendente y como lo hacen en voz alta según la costumbre más
arraigada, no les permiten concentrarse en la lectura. En otros países muchas personas
aprovechan cualquier ocasión para leer, incluso en lugares públicos. Es normal
ver pasajeros leyendo de pie dentro de un coche
atestado de personas que va rodando por un túnel del metro de Moscú, que
se pueden concentrar en la lectura pero en Cuba es casi imposible lograrlo en
un lugar público.
La mayoría de los cubanos
entablan conversaciones con facilidad y el que tenga la suerte de encontrarse
con aquellos que conversan de cuestiones agradables o son simpáticos, puede pasar
ese tiempo sin aburrirse, incluso hacer nuevas amistades. A aquél que posea
cara de buena persona puede que alguno que no le conocía de antemano llegue a
contarle su vida y sus problemas, cual si fuera su confesor. La contrariedad surge
cuando aparece en escena alguien que está estresado o ansioso y no para de
hablar, o quiere demostrar su sabiduría
o es un hipercrítico que protesta por todo y se empeña en ¨hacerle la vida un yogurt¨ a los demás.
Entonces la espera se hace insoportable.
Para ver al médico de
familia no es necesario turno previo, este atiende por orden de llegada. Como
el 20 % de la población cubana ya está en la tercera edad, a la sala de espera
del médico de familia acuden muchas personas bastante mayores, que a veces su
conversación gira acerca de las muchas dolencias que han padecido o padecen,
como si el hecho de aún estar vivos, fuera un mérito personal que resaltar o
una desgracia que lamentar ante los allí asistentes. Otros se interesan por
saber qué problema de salud lo aqueja y se atreven a adivinar su enfermedad e
incluso a recomendarle un tratamiento. Si Ud. es hipocondriaco comenzará a
sentir los mismos síntomas que ellos y cuando el médico lo entreviste,
quizá no recuerde bien la razón original
de su visita y agregue nuevos males. Aunque uno sea una persona normal, al
escuchar esas conversaciones pudiera pensar que aquello que lo aflige es mucho
más grave y termine preocupándose o por el contrario, considerar que es la
persona más saludable entre todos los que allí se encuentran y sentirse
afortunado. En cualquier caso, lo mejor que hace es tratar de cambiar el tema
de conversación o buscar otro lugar donde ponerse para que no lo molesten.
Hace unos días fui a la
consulta de mi médico de familia y había 4 personas esperando para ser
atendidas, en medio del intenso calor reinante. La mayoría esperaba
pacientemente y no hablaba, excepto una señora que trataba de acaparar la
atención de los demás, quejándose en varias ocasiones de que la paciente que ya
era consultada hablaba mucho y demoraba al médico innecesariamente y de que
había tantas enfermedades contagiosas en el ambiente que era un peligro estar
allí. De pronto sonó un trueno, presagiando un aguacero y la señora dijo: me preocupa que el ciclón que anda por Texas
vire para acá, pues con tantas casas apuntaladas que hay, si llueve mucho se
pueden derrumbar. No pude aguantar más y le contesté: será la primera vez que un ciclón que está tan distante al norte de
Cuba, que ya se degradó a tormenta tropical, gire tanto hacia el sur y alcance
nuestras costas. Fue un mal presagio porque dos semanas después
llegó el huracán Irma con su carga destructiva.
Viendo que aquello demoraba,
como lo mío no era urgente y no estaba dispuesto a escuchar más idioteces, me
entró el desespero, dejé la consulta para otro día y me fui a casa. Esa señora me
¨sapeó¨ la visita al médico. La próxima vez que vuelva llevaré unos audífonos
para escuchar música y aislarme de conversaciones desagradables aunque los
demás asistentes piensen que soy un viejo ridículo o, de lo contrario me
sentaré afuera donde nadie me moleste.
A los servicios médicos gratuitos
(también llamados públicos) en cualquier parte del mundo asisten muchas personas.
En Cuba, aparte de al médico de familia, concurren muchos pacientes a las
consultas externas en las policlínicas y hospitales (6,4 consultas por
habitante en 2016), que son atendidas por
especialistas, generalmente una vez a la semana por el orden del turno
anotado previamente, excepto a los recién operados de forma ambulatoria en los hospitales
que se atienden primero, por orden de llegada. En los hospitales a veces la
consulta comienza más tarde de lo previsto porque el médico se demora pasando
visita a los ingresados o por una urgencia que tuvo que atender. Aquí es donde
Ud. comienza a desesperarse. Después se aparecen en la consulta algunos ¨vivos¨
que no tienen turno y llegan como paracaidistas acompañados por un empleado del
hospital que le sirve de padrino u otros portando un papel de remisión de otro médico, en ambos casos, tratando
de que los atiendan primero. Y Ud. se desespera aún más. Si la secretaria del
servicio está presente, ella organiza la entrada y le consulta al médico sobre cada
nuevo caso y si este accede a atenderlo, lo pone al final o lo intercala en la
lista, pero si la secretaria no se encuentra, el paracaidista, tratando de
meter cabeza va directamente a ver al médico e interrumpe la consulta. Ese
proceder de algunas personas resulta muy molesto al que tiene turno previo que ve
atrasársele el momento en que podrá entrar a la consulta. Eso también sucede en
el local del médico de la familia porque la puerta de la consulta o las
ventanas, por el calor reinante, generalmente están abiertas y la enfermera
permanece dentro de la consulta, entonces muchos de los que llegan pasan por
delante de los que esperan o se asoman a la ventana, a preguntar algo o hacerse
notar para que lo atiendan e interrumpen la consulta. En otros países donde
existe la atención médica gratuita, los especialistas de policlínicas y hospitales
no están tan recargados de pacientes porque dan pocos turnos por día de
consulta y se hace una larga espera en la casa después de solicitado el turno.
En Cuba, como promedio no son menos de 30 pacientes los que asisten a ver a un
especialista el día de consulta.
Otros servicios, como las agencias
bancarias reciben mucho público diariamente. En aquellas que disponen de poco
espacio, la mayor parte de la cola se hace afuera del local y el orden de
entrada se controla por un empleado en la puerta. En las que tienen más espacio,
el cliente permanece sentado en sillas o butacas dentro del local del banco y
son atendidos según el orden de llegada. En una agencia bancaria del Vedado se
ha podido organizar mejor el acceso del público a los diferentes servicios haciendo
una pequeña inversión en recursos informáticos. Cuando el cliente llega al
vestíbulo del banco, una operadora le pregunta si va a realizar una operación
en moneda nacional, en divisas o con algún operativo del banco, teclea algo y la
computadora imprime un ticket numerado, entonces el cliente se sienta a esperar
a que lo llamen. Cuando un cajero u
operativo termina de atender a un cliente y puede recibir al siguiente, oprime
un botón e inmediatamente la computadora proyecta en una pantalla visible por
todos el número del ticket que le corresponde ser atendido en ese puesto según
el orden numérico general e indica en que caja u oficina debe dirigirse. Entonces el cliente se presenta en
el lugar indicado y es atendido. Gracias a ese mecanismo el servicio es mucho más fluido y no debiera
haber ¨colados¨, a menos que otro empleado del banco se acerque a la caja con un
cliente que ya fue atendido en otro servicio y resulta ¨priorizado¨ para pasar
por la caja sin volver a sacar el ticket, en ese caso el empleado le pide al
cajero que no oprima el botón y lo atienda en cuanto quede libre. Está claro
que esa puerta alternativa de entrada puede ser utilizada para ¨colar¨ a algún
amigo o conocido desde la puerta del banco sin pasar por el trámite inicial.
Por muy perfectos que sean los mecanismos, siempre que intervienen seres
humanos, el cumplimiento estricto del orden depende de sus actitudes, el
respeto que tengan por los demás y la supervisión de que sean objeto. Como
dicen los alemanes: ¨la confianza es buena, pero el control es mejor¨.
Si Ud. va a un céntrico taller
del Vedado capitalino donde reparan artículos electrodomésticos y ollas de
cocina, mientras espera que lo atiendan no podrá leer ni conversar porque la
música generalmente está muy alta o por la gritería que arman los mecánicos o
electricistas bromeando o dándose ¨cuero¨ unos a otros. Como soy alérgico a la
bulla, lo comenté con el mecánico que revisaba mi olla reina y lo justificó
diciéndome que en lugares donde trabajaban técnicos u obreros calificados se
acostumbra a confraternizar y armar ese ¨bonche¨, porque es muy pesado pasarse
8 horas mirándose las caras sin conversar. Por suerte, en esos lugares el
servicio es bastante rápido y por ello el tiempo de espera es corto. Quizá para
evitar que los trabajadores perdieran tiempo de trabajo conversando y garantizar
que se mantuvieran en sus puestos de trabajo, desde la creación de las fábricas
de tabacos existen los lectores de tabaquería, que mientras los tabaqueros realizan
sus labores manuales torciendo tabacos, los mantienen entretenidos e informados,
leyéndoles la prensa y obras de la literatura universal, lo que les permite
también elevar su nivel cultural.
Hablemos ahora de la
privacidad. El hecho de que la medicina sea gratuita y no privada, no implica
que al atender a un paciente no haya privacidad. En un viejo hospital habanero que
estaba siendo remodelado, la cola de espera de los que tenían turno para el
ultrasonido, hace unos años se hacía sentado en los bancos ubicados en un
pasillo. Cuando el local donde se hacen los ultrasonidos se quedaba vacío,
llamaban a las 3 personas siguientes de la cola, las que entraban y se
sentaban en un banco de madera de espaldas a una cortina,
detrás de la cual había una camilla donde se acostaba al paciente, junto al
equipo de ultrasonografía. Esta atención por grupos conllevaba que los allí
sentados oyeran todo lo que hablaba el especialista con el que era atendido, llegándose
estos a enterarse de posibles dolencias o enfermedades del que era examinado
que no tenían por qué conocerlas los demás allí presentes. Al local también
entraban a cada rato otros empleados a preguntar o informar al especialista sobre
algún asunto o simplemente para saludar. Una vez, cuando le hacían un
ultrasonido de partes blandas a un hombre, una empleada asomó la cabeza por la
puerta, llamó al especialista e intentó pasar y este le dijo: si hace tiempo que no ves unos testículos
y deseas hacerlo, puedes pasar. No se sabe quién pasó más pena, si la
empleada, que se marchó inmediatamente o el paciente. Ojalá al remodelar y
reparar recientemente el hospital se haya logrado mayor privacidad en ese
sitio. Situaciones como esas suceden también en los tratamientos ambulatorios
de eliminación de verrugas y lunares, en las salas de curación de operados u
otros similares a los que acuden muchos pacientes diariamente y el espacio es
reducido. Lo otro, que consiste en remodelar la conducta de las personas
resulta más difícil, sobre todo cuando con el paso del tiempo su proceder se convierte en costumbre.
También se atenta contra la
privacidad cuando un enfermo intenta ver al médico a toda costa sin turno
previo o cuando lleva mucho tiempo esperando y desesperado irrumpe en la
consulta, aunque la puerta esté cerrada. Hay que acopiar paciencia y no dejarse
llevar por el desespero, una de las virtudes morales capitales es la moderación,
pero existen personas que no adquirieron buenas costumbres cuando
niños o consideran que esos son conceptos obsoletos y pueden soslayarlos cuando
les viene en ganas.
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