Anécdotas del trabajo voluntario agrícola
El
trabajo productivo voluntario se insertó en la vida social de los cubanos desde
los primeros años de la Revolución. Para impulsar el desarrollo del país, miles de trabajadores se movilizaban para
realizar trabajos en los que faltaban brazos: tareas agrícolas, en particular
en las zafras azucareras, la construcción, la descarga de buques y otras
similares. Además, los estudiantes secundarios y universitarios asistían a esas
labores por quince días durante el receso docente con el doble objetivo de
apoyar las cosechas y educarlos en la prédica martiana que resalta la
importancia del trabajo manual además del intelectual.
Como en
cualquier obra en la que participan grupos de seres humanos surgían muchas situaciones
que puede resultar simpáticas, alguna que otra un tanto tristes.
Las
condiciones de vida en los campamentos donde radicaban los movilizados fueron
mejorando con el paso del tiempo, pero en cualquier caso resultaban muy
diferentes a las de las viviendas de los movilizados. En Cuba, la necesidad de
fuerza de trabajo agrícola se incrementa en los meses ¨invernales¨, en los que
la temperatura es menor y las cosechas son mayores, lo que es bueno para los
cultivos y los que trabajan al aire libre porque el sol castiga menos, pero
menos agradable para bañarse una vez concluida la labor diaria. Cuando usted
regresa de cortar caña todo el día está muy sudado, lleno de hollín y de
impurezas, pero a pesar de que el agua está algo fría, el baño le resulta
imprescindible y reparador. La ropa de trabajo se impregna de melaza y tizne y
cuando se seca se queda como almidonada, pero no tiene sentido lavarla
diariamente, eso lo hace los domingos al mediodía, y todos los días la ropa
usada la cuelga de un clavito cerca de su litera o hamaca, para ponérsela al día siguiente. En meses de zafra la noche
en el campo es fría y cuando usted sale de dormir abrigado con frazada y se
pone la ropa que usó ayer esta parece
salida del refrigerador y si todavía estaba soñoliento, enseguida el sueño
desaparece. Algunos universitarios que tuvieron la suerte de cortar caña en
1966 cerca del central Bolivia en Ciego de Ávila, preferían caminar más de un
kilómetro después de trabajar para bañarse con agua caliente en los baños del
central en lugar de al aire libre en un baño improvisado con sacos de yute y
sin techo en la finca donde cortaban caña. Mucho después hubo campamentos a los
que por indicaciones médicas se le quitó el techo a la zona de las duchas para
que el sol incidiera en los pisos y evitar la propagación de hongos en los
pies, pero bañarse al aire libre después de oscurecer era difícil cuando había
mucho frío, algunos preferían hacerlo durante el descanso del mediodía bajo el
intenso sol y al terminar la jornada se lavaban ligeramente. Los voluntarios
que acostumbraban a bañarse con agua caliente en invierno en sus casas, al
participar en las movilizaciones para el trabajo agrícola al principio sufrían
de lo lindo a la hora del baño, aunque a los pocos días lograban aclimatarse.
Durante
la década de los 90 se hizo habitual la movilización por una semana o quince
días de trabajadores de los centros de trabajo de la ciudad de La Habana para
trabajar en tierras atendidas por las empresas agropecuarias de las provincias
aledañas. Los movilizados salían en ómnibus desde distintos puntos hacia los
campamentos donde esperaban los que habían concluido su misión para regresar a
la capital en los mismos vehículos. En una ocasión se incorporó al grupo un individuo
que vestía un ¨overall¨ rosado y portaba un ¨necesaire¨, que esperando el
transporte conversaba alegremente con algunas conocidas, su extraño atuendo y
forma de hablar poco varonil llamó la atención de los demás. Al llegar al
campamento llamaron por el audio a los militantes del Partido y la Juventud
comunistas para constituir un núcleo mixto provisional. En la reunión se eligió
la dirección del núcleo y a continuación el Jefe del Campamento explicó que
entre los movilizados había un homosexual y no se le podía negar el derecho de
participar en las tareas agrícolas. El susodicho individuo había pedido que lo
pusieran en el albergue de las mujeres para estar más protegido, pero por su
condición de varón no se le permitió y se pidió la colaboración y vigilancia de
los militantes para evitar los problemas que esta situación podría traer. Desde
el principio hubo algunos ¨aceres¨ homofóbicos que llevándose por sus
primitivas ideas se mostraron rebeldes e inconformes con la decisión de
permitir que dicho individuo permaneciera en el campamento.
En las
labores agrícolas, la recogida de papas, no hubo incidentes, cumpliéndose las
metas de cosecha. Por las noches, había un grupito de movilizados que se ponían
a escuchar música de un radio portátil en un césped a pocos metros de los
albergues y a pesar del cansancio del trabajo físico, estaban hasta tarde
compartiendo entre ellos. De más está decir que a ese grupo se incorporó desde
el principio el susodicho individuo, que mostraba sus habilidades como bailarín
solista, con lo cual los asistentes se divertían. Uno de los homofóbicos
decidió hacer algo para impedir que semejante afrenta a la hombría continuara y
se infiltró en el divertido grupo. A la noche siguiente preparó un cocimiento
de campana, flor que alivia los ataques de asma pero que causa efectos
alucinógenos en algunas personas y les brindó a los miembros del grupo, los que
terminaron mareados. Cuando regresaron
al albergue, al estar a oscuras y desorientados, algunos se equivocaron y
subieron a literas ocupadas y de pronto se armó una bronca y por esa alteración
del orden los protagonistas del hecho fueron conducidos a la Estación de
Policía. Este incidente provocó la expulsión del campamento del homosexual y
sus admiradores. Al día siguiente el ¨acere¨
homofóbico se vanagloriaba de su intransigencia e intervención en la
solución de lo que en su mentalidad machista constituía algo inaceptable:
compartir el trabajo y la diversión con semejante individuo.
En
estas movilizaciones la alimentación estaba garantizada, no siempre al gusto de
cada cual, lo que resultaba imposible, pero por lo alejado con respecto a las
zonas donde se trabajaba, las meriendas no se enviaban desde el comedor del
campamento sino de alguna finca de la granja y a veces los alimentos ofertados
para merendar resultaban un poco desacostumbrados. Una vez un grupo de
movilizados chapeaba con machetes yerbas y arbustos que crecían e interrumpían
los canales de irrigación, tarea bastante dura y a media mañana les traían dos
toronjas per cápita, que contribuyen a calmar la sed pero bajan la presión
arterial e incrementan la sensación de hambre, por lo que los movilizados
tuvieron que acostumbrarse a pelarlas y comerse los hollejos para sentir algo
en el estómago. Otro grupo que chapeaba platanales tuvo que conformarse con
merendar los plátanos burros maduros que allí abundaban, que son muy
desabridos, confirmando la frase de que ¨cuando el hambre aprieta se come lo
que aparezca.¨
En
estas labores, los que venían de la ciudad aprendieron a valorar lo duro y
esforzado que resulta el trabajo agrícola bajo el fuerte sol tropical y en sus
conversaciones comparaban cuán difícil resulta pasar la jornada con la espalda
doblada escardando ajos, desyerbar con azadones o guatacas, recoger y ensacar viandas
después que el arado las extrae de la tierra, sacar yuca tirando del tallo de
la planta evitando que este se parta y caerse hacia atrás, chapear yerbas o
cortar caña de azúcar. Algunos dijeron que les gustaba fertilizar porque debido
a su toxicidad solo trabajaban media jornada, se bañaban, almorzaban y a dormir
la siesta. Todos coincidieron en que lo más fácil es separar y pelar dientes de
ajo para sembrarlos, labor que se realiza sentado, conversando y a la sombra.
En
pleno ¨período especial¨, un sábado al concluir las labores y los quince días
de movilización en un campamento, informaron que los ómnibus no vendrían hasta
el domingo por la tarde. Un grupo de movilizados, después de almorzar, decidió ir hasta el cercano poblado de Güines
a buscar transporte hacia La Habana. Alrededor de las 2 p.m., llegaron al
pueblo en una carreta y se dirigieron a la estación de trenes, allí conocieron
que el tren no pasaría hasta las 7 p.m. y decidieron probar suerte en la
estación de ómnibus. Al llegar a esta había alrededor de 150 personas
aglomeradas esperando la salida del único ómnibus, que estaba estacionado con
el motor funcionando pero escorado a babor por tener rota la suspensión neumática
de una rueda. No obstante, se informó que el ómnibus saldría por la ruta que
sigue la Carretera Central. Al arrimarse el ómnibus al andén y abrirse la
puerta delantera los primeros pasajeros que hacían la cola organizadamente
dentro de una valla metálica, empezaron a subir al ómnibus y sentarse, pero
algunos indisciplinados se subían por las ventanas y el lío mayor se formó
cuando uno de ellos logró abrir la puerta trasera por donde entró una avalancha
humana que no pudo atajar un policía local a pesar de amenazarles con echarles
¨spray¨. Después de una larga espera bajo un intenso sol, el ómnibus repleto
partió y avanzó un kilómetro hasta la salida del pueblo donde el chofer lo
declaró roto. Entonces todos los pasajeros tuvieron que bajarse, unos corrieron
a la salida del pueblo hacia la Autopista Nacional y pudieron montar en algunos
vehículos que por allí pasaban, con la ayuda de un Inspector de transporte de
los llamados ¨amarillos¨, que paraba los vehículos estatales que pasaban para
que recogieran a los que allí esperaban, conformando una especie de terminal de
ómnibus callejera que se puso de moda por aquellos tiempos debido a la escasez
de combustible. Después de tantas peripecias, uno de los que participaron en
esta aventura dijo que hubiera sido mejor quedarse en el campamento hasta el
otro día, los más audaces concluyeron que bien valió la pena porque habían
llegado a casa con un día de anterioridad.
En los
terrenos dedicados a la producción de arroz en Alonso de Rojas, Pinar del Río,
hubo una época en que sembraron tomates para su proceso industrial y el consumo
de la población y todas las quincenas se movilizaban trabajadores que venían en
tren desde la ciudad de La Habana para la cosecha. Como esa zona es baja, está
rodeada de canales y habitualmente el terreno se inunda para sembrar arroz, el
mosquito estaba ¨a pululu¨. Todos los asistentes disponían de mosquitero en sus
literas, pero al atardecer, después de la comida, los mosquitos se alborotaban
y atacaban con furia. Conociendo dicha situación, la dirección del campamento
había conseguido una bazuca de fumigación y muchos días al oscurecer fumigaban
los albergues, el comedor y los alrededores del campamento. Cuando no se
disponía de insecticida o gas oil para fumigar, los movilizados quemaban fibras
de coco o trapo para ahuyentar los mosquitos, de lo contrario no quedaba más
remedio que meterse debajo del mosquitero al oscurecer hasta que la plaga se
calmara. Los insectos no solo molestaban en el campamento, en cada matica de
tomate había decenas de mosquitos que se iban cuando el sol castigaba fuerte,
pero como los movilizados llegaban al campo poco después del amanecer hubo
lotes que tuvieron que ser abandonados para cosecharlos más tarde, porque
espantando mosquitos no se puede recoger tomates, para eso hay que tener las
manos libres.
En esa movilización
agrícola, al igual que en otras, los asistentes eran trabajadores
disciplinados, muchos eran conocidos o compañeros de trabajo, no se produjeron
broncas ni nada por el estilo, aunque entre cubanos es difícil evitar que
algunos desplieguen el ¨choteo¨ criollo. Había uno de los movilizados que se
las daba de jodedor y se creía simpático, se pasaba buena parte del tiempo en
el surco fastidiando a los demás y haciendo maldades y chistes de los que todos
se quejaban, hasta que un día uno de los presentes no soportó más sus pesadeces
y le tiró un tomate bien maduro por la cara. El tomatazo fue una reacción crítica
tan contundente e inesperada que el agredido se quedó impávido y dejó de
molestar por el resto de los días.
A pesar
del cansancio acumulado por los esfuerzos físicos y las diferencias de
condiciones de vida y trabajo entre la ciudad y el campo, cuando los
movilizados culminaban su estancia en los campamentos agrícolas, en su gran
mayoría pensaban que había valido la pena haber asistido y haber contribuido a
la producción de alimentos, mientras compartían con otras personas y hacían
nuevos amigos.
Con el paso de los años
y las medidas económicas tomadas en búsqueda de mayor productividad y
eficiencia en la producción y el uso de los combustibles, las grandes movilizaciones
dejaron de efectuarse, se mantienen algunas que se realizan con jóvenes y
estudiantes con propósitos, básicamente formativos.
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