Anécdotas de pasajeros de aviones

Se afirma que el medio de transporte más seguro es el avión, pero en cualquier viaje se presentan situaciones imprevistas que constituyen valiosas experiencias sobre el comportamiento humano, incluso algunas de ellas nos pueden provocar risa. El pueblo ruso tiene la costumbre supersticiosa de sentarse un momento antes de viajar pues dicen que es un buen remedio para que el viaje sea exitoso.   
Hay situaciones en que se demuestra la profesionalidad, ecuanimidad e incluso, la valentía de los pilotos y tripulaciones de naves de pasajeros en situaciones extremas. Los que se dedican a esas labores asumen los inconvenientes y peligros con naturalidad.
Una vez debía salir un avión Il-18 desde Santiago de Cuba a La Habana y el vuelo se retrasó porque la puerta de entrada y salida de los pasajeros no cerraba bien. Como había que trasladar en camilla a una mujer en grave estado no podían  suspender el vuelo y después de muchos intentos lograron cerrar la puerta, Pero como no se atrevían a abrirla de nuevo, al llegar al aeropuerto de destino los pasajeros tuvieron que bajar por la puerta delantera que habitualmente la utiliza la tripulación y les llamó mucho la atención que a la puerta de marras le habían aplicado por fuera una especie de pegamento para sellarla.
Hay personas que se ponen nerviosas cuando vuelan, les da por beber en los aviones y se ponen impertinentes.
En un viaje a Moscú en un Il-62  muchos de los pasajeros integraban la tripulación de un pesquero soviético que regresaba a su país después de una campaña de pesca y había sido relevada por otra brigada que ya se encontraba en Cuba. Los pescadores estaban muy entusiastas, bebiendo, cantando y bailando a saltos por el pasillo y el avión se balanceaba constantemente, lo que motivó que el capitán de la nave saliera a poner orden y exhortarlos a estar tranquilos y sentaditos para que el avión continuara vuelo, de lo contrario amenazó con regresar a La Habana. Problema resuelto.
A veces al despegar un avión, debido a la ventilación interna de la cabina y por el cambio de temperatura del aire, este se condensa y adopta la forma de vapor de agua.  Los que conocen el fenómeno cuando ven entrar el  vapor al avión se quedan tranquilos, pero el que nunca ha volado puede asustarse. Eso ocurrió en un vuelo a Santiago de Cuba cuando durante el despegue, una mujer al ver lo que parecía humo, se puso a gritar a la aeromoza que el avión se estaba incendiando, provocando la risa de los demás. La aeromoza se le acercó y le explicó que no pasaba nada malo y la tranquilizó.
Para un pasajero, no hay nada más impresionante que un temporal con lluvias, rayos y truenos a 10 mil metros de altura en medio del océano y el sube y baja cada vez que el avión cae en un ¨bache¨. Eso mete miedo hasta al más experimentado, pero la tripulación acostumbrada a esos fenómenos no pierde la ecuanimidad.
En febrero de 1976, tropas cubanas y angolanas combatían en Angola contra antiguos guerrilleros del FNLA y la UNITA, la agresión sudafricana y zairense, que intentaban impedir la existencia de un gobierno independiente en ese  país, rico en reservas minerales. Era difícil trasladarse por carretera, había muchos puentes destruidos y la vía de transporte fundamental para el traslado rápido de algunos oficiales era por aire. Un grupo de oficiales cubanos necesitaban trasladarse al frente norte; después de varios intentos infructuosos por el mal tiempo, llegó a Luanda procedente del antiguo aeropuerto de la OTAN ubicado en el poblado de Negage, un avión de carga de fabricación inglesa que fuera empleado durante la Segunda Guerra Mundial y posteriormente por el ejército portugués, que por esos días era utilizado por la Misión Militar cubana para el traslado de pertrechos de guerra. Cuando se acercó el avión a la terminal al final del carreteo por la pista, se podían ver los chorros de aceite que salía por un motor, presagiando una rotura. Pero la situación de guerra no permitía titubeos ni demoras.
Después de cargar varios bidones de combustible y aceite para los vehículos, un mortero de 120 mm y muchas cajas con granadas de mortero, autorizaron a subir al avión a 12 oficiales cubanos. El piloto militar cubano, flaquito, de poca estatura y con un sombrero vietnamita de camouflaje en la cabeza, los iba ubicando de pie, encima de los  bultos, mirando hacia unos niveles que había en el piso del avión, de modo que la carga quedara nivelada. Parecía un fotógrafo cuando ubica un grupo de personas para que salieran bien en la foto. Los oficiales se agarraban de donde podían en el techo del avión para no caer encima de los bultos cuando el avión comenzara a moverse. Uno de ellos le preguntó al piloto que si no iba con exceso de carga y para consolarlo o inquietarlo más le contestó: ¨Si con el exceso de peso que llevamos logramos despegar, vamos a aterrizar de lo más bien¨. Cuando despegaron uno de los oficiales le dice al que estaba más cerca de él: ¨Con esta carga explosiva y combustible que llevamos, si el avión se cae en medio de la selva no van a encontrar ni un pedacito de nosotros¨. A lo que el otro le replicó con una frase que después podría ser calificada como un ¨bushismo¨: ¨No te preocupes, yo nunca he volado en un avión que se haya caído¨. Para decir semejante disparate, probablemente tenía en mente el siguiente cuento.
El hermano del animador de la televisión Germán Pinelli, cuyo apellido real era Piniella, se llamaba Valentín y era fotógrafo del Departamento de Extensión Universitaria de la Universidad de La Habana en los años 60 del pasado siglo. Era una persona muy activa, simpática y ocurrente y había tenido una vida un tanto aventurera. Cuentan que una vez reportaba la subida de unos estudiantes universitarios a Caballete de Casa, lugar donde radicó la comandancia del Che Guevara en el lomerío de la provincia de Las Villas y a pesar de su mayor edad, mientras los jóvenes subían la loma con dificultades el subía y bajaba constantemente por todo el recorrido tirando fotos. En uno de sus cuentos preferidos narraba que siendo piloto aficionado, había volado a Camagüey en un avión monoplaza de aquellos en el que el piloto iba descubierto, bien abrigado y ataviado por un gorro y espejuelos que le protegían la cabeza y la cara del aire frío. Al llegar a esa ciudad le obsequiaron un cerdo y lo quiso traer vivo de regreso, pero como en la cabina solo había espacio para el piloto, lo amarró a una de las alas. En medio del vuelo, el puerco se soltó y empezó a caminar por el ala. Él de inmediato aseguró el bastón de mando, salió de la cabina y escurriéndose por el ala intentó agarrarlo. A la pregunta de ¿Y lo pudo amarrar?,  respondió ¡Que va, nos caímos los dos!  
En un vuelo desde La Habana a Moscú viajaron juntos dos directivos de la misma institución. Ambos tenían fama de ser muy tercos y estrictos y habían tenido roces en el ejercicio de sus funciones, como se dice popularmente, se masticaban, pero no se tragaban. Los funcionarios que hicieron los trámites del pasaje no conocían dicha situación y nada hicieron cuando los empleados de la compañía aérea los ubicaron en asientos contiguos del avión. Durante las 16 horas de vuelo, con escala intermedia en Rabat, no se hablaron. Al aterrizar, el que era más potable le dice al otro: Yo tengo fama de pesado, pero lo de usted es peor, no nos hemos dirigido la palabra en todo el trayecto.     
Una vez los integrantes de una delegación cubana que habían viajado a Budapest, no pudieron regresar el día previsto porque a un Il-18 de una aerolínea coreana se la había roto el tren de aterrizaje al caer en la pista y se había quedado atravesado en la misma, por esa razón todos los vuelos fueron suspendidos. Resuelto el problema, al día siguiente volaron hacia Moscú para desde allí regresar a la Habana,  pero al llegar a esa ciudad se enteraron de que no tenían asegurado el boleto de avión para regresar porque los vuelos estaban repletos y como era a principios de julio, en el aeropuerto había cientos de becarios cubanos en lista de espera tratando de viajar por aire a Cuba, evitando utilizar la vía marítima habitual por la que el viaje no bajaba de 15 días. De ese modo, los estudiantes intentaban permanecer más días con la familia en Cuba durante sus vacaciones. Los jóvenes parecían gitanos sentados donde podían o acostados en el suelo de la terminal, algunas madres con niños de brazos calentaban los pomos de leche gracias a la ayuda de las empleadas de las cafeterías. Los funcionarios estuvieron varios días varados en dicha ciudad, yendo y viniendo al aeropuerto, hasta que, por suerte para ellos, no se presentó al vuelo la tripulación completa de un barco pesquero que debía ir hacia Cuba y pudieron viajar junto a todos los becarios que aún quedaban en el aeropuerto. ¿Sería la misma tripulación que regresó tan contenta desde La Habana a la que nos referimos con anterioridad? No, lo que sucedió fue que en esa fecha acababan de implantar en Aeroflot el sistema SIRENA de reservación automatizada de asientos y al principio ocurrieron problemas con los operadores de las terminales de las computadoras porque no estaban habituados a los nuevos procedimientos.
Hace varios años en el aeropuerto de Barajas un avión de Air Europa, al atracar se pasó de largo y la puerta por donde debían salir los pasajeros quedó delante del ¨finger¨ que conduce hacia el edificio del aeropuerto. El avión no podía dar marcha atrás y hubo que esperar media hora a que apareciera un tractor que lo halara hacia atrás. Los pasajeros que tenían que continuar hacia otros vuelos de inmediato tuvieron que correr de lo lindo para alcanzarlos. 
Al terminar una visita de trabajo a Guantánamo, un funcionario trató de regresar sin pasaje a La Habana en un Yak-40 con el número 12 de lista de espera. La gestión fue inútil porque aunque quedaban asientos vacíos, los viajeros que tenían pasaje excedieron el peso del equipaje con todo tipo de productos agropecuarios. En pocas horas se trasladó a Santiago de Cuba por carretera con la esperanza de volar de regreso en el IL-18 de la tarde y al llegar se enteró que el avión tenía problemas en el tren de aterrizaje. ¿Sería el mismo que se trabó en Budapest o esos aviones tenían las patas flojas? Por suerte, pudo regresar por la noche, cómodamente sentado en un TU-154 que enviaron desde la Habana.
Un funcionario debía regresar a Cuba de una visita de trabajo a un país caribeño en una aerolínea extranjera. Al llegar al aeropuerto de origen recordó que la esposa le había pedido que trajera varios litros de aceite vegetal, eran los inicios del ¨período especial¨, aún no se habían creado las tiendas de venta en divisas y el aceite, como muchos otros productos era deficitario. Fue a la tienda del aeropuerto y solo había aceite en botellas de cristal y como se había gastado todo el dinero de los viáticos, con las pocas monedas que le quedaban solo pudo comprar una botella, que llevó hacia el avión junto al equipaje de mano. En esa época no existían las actuales regulaciones de seguridad de vuelo que no permiten llevar en la mano objetos que pudieran utilizarse para agredir a la tripulación o a un pasajero y exigir a cambio el desvío del avión a otra ruta. El funcionario subió al avión llevando una bolsita de nylon que contenía la botella de aceite, con tan mala suerte que esta tropezó con un escalón al final de la escalerilla metálica, se rompió y comenzó a gotear el líquido. El hombre, avergonzado porque al caminar estaba manchando la alfombra del pasillo del avión, decidió poner la bolsita en un rincón en el suelo de uno de los baños del avión y se sentó en su puesto haciéndose el desentendido. Al poco rato la aeromoza fue a revisar los baños y detectó el sospechoso paquete, llamó al capitán, que de inmediato se dirigió al baño, este observó el paquete y decidió avisar a la seguridad aeroportuaria. Un poco después llegó un funcionario de la seguridad quién revisó el misterioso paquete y salió con él en las manos, con tremenda cara de pocos amigos. Por este tonto incidente la salida del vuelo se retrasó más de una hora.
A un curso internacional efectuado en Suecia asistieron funcionarios de varios países, entre ellos un cubano y un ecuatoriano. El curso se desarrolló durante dos semanas en Estocolmo y otras dos en una escuela ubicada a unos 40 kilómetros de la capital en zona rural. A los pocos días el ecuatoriano comenzó un romance con una joven que regenteaba el alojamiento y la alimentación de los alumnos en la escuela, esta vivía en un poblado cercano y todas las noches el joven pernoctaba en su casa y regresaba al amanecer en taxi para asistir a clases. De más está decir que después de varios días de un desenfrenado trajín amatorio el ecuatoriano se quedaba dormido en clase y se la pasaba todo el tiempo cansado y en los días finales del curso decía que ansiaba que llegara el momento del regreso. El viernes de la semana final del curso todos los estudiantes volvieron a un hotel en la capital donde permanecerían hasta horas antes del momento de conducirse al aeropuerto para regresar a sus países. El sábado el ecuatoriano estaba de lo más feliz compartiendo con los demás compañeros de curso cuando apareció en el vestíbulo del hotel la apasionada amante que insistía en que su ¨latin lover¨ pasara una semana de vacaciones junto a ella en su casa. Al recordarle que él tenía reservación para volar a su país el domingo, la joven le comunicó que ella la había cancelado por teléfono y que tenía un taxi esperando por ellos en la puerta del hotel, no quedándole  más remedio que volver a los brazos de la demandante joven. No sabemos cómo le fue en sus extendidas vacaciones, esperamos que se haya podido recuperar durmiendo la mañana diariamente.
El cubano no tuvo tal suerte y viajó el domingo a París para tomar un avión de Cubana de Aviación en el aeropuerto de Orly que lo conduciría a La Habana. Como los vuelos del norte de Europa a Francia llegan al aeropuerto Charles de Gaulle, tenía dos horas para trasladarse en un recorrido de media hora en ómnibus de un aeropuerto a otro. Al llegar al Charles de Gaulle, suspendieron todos los movimientos de entrada y salida de pasajeros dentro de la terminal porque había aparecido en un salón una maleta sin dueño, creándose una gran aglomeración de pasajeros. En ese aeropuerto circulan unos doce mil viajeros por hora. Resuelto el inconveniente, a los 40 minutos comenzaron los pasajeros a pasar por inmigración, pero al recoger el equipaje no había suficientes carritos para traslado de los equipajes, solo alcanzaron los que pudieron entrar primero. En esa época las maletas no tenían rueditas y tuvo que caminar más de 450 metros con una maleta y un maletín grande para alcanzar el lugar desde donde salía el ómnibus, previamente pasó por la caja donde cambió coronas suecas por los francos necesarios para pagar el pasaje en ómnibus, aún no existía el euro.
Llegó a Orly con solo media hora antes de cerrar el chek-in, se trasladó al salón desde donde debía tomar el avión hacia La Habana y observó que en esa zona del aeropuerto había dos aviones DC-10 con el mismo destino, uno de frecuencia semanal de Cubana y el otro de la compañía francesa AOM que debería traer turistas a Cuba. Allí se enteró de que uno de los dos aviones no saldría porque tenía algún desperfecto, pero como no era el de Cubana pudo regresar sin contratiempos. Recordando el refrán que dice ¨No hay mal que por bien no venga¨, pensó que si hubiera sido al revés hubiera podido pasear por París con todos los gastos de alojamiento y alimentación pagados por la compañía aérea hasta que el avión hubiera sido reparado.

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