Peripecias en algunos viajes de trabajo por carretera
al; font-weight: normal; letter-spacinAlgunas travesías generan experiencias inolvidables a los viajeros. Excluyo
relatos sobre patinazos, accidentes o situaciones muy peligrosas en la vía
porque más que entretener su lectura provoca pesar a los accidentados y
familiares.
En los años 70 una institución cubana había solicitado el financiamiento por la
URSS de una inversión y para evaluar las condiciones existentes para su
explotación e instalación recibieron la visita de una delegación integrada por
seis especialistas en el equipamiento y proyectistas de la construcción. Como
en aquella época era habitual, aparte de las reuniones y discusiones técnicas
se organizaba un programa de visitas a lugares turísticos o históricos. En
cumplimiento del programa fueron por avión a Santiago de Cuba, allí visitaron
el museo histórico 26 de Julio ubicado en el antiguo Cuartel Moncada y la
Granjita Siboney. En un microbús soviético marca AZ dotado de motor de
gasolina similar a nuestros ómnibus escolares, recogieron los alimentos
preparados y unos dependientes gastronómicos que les servirían el almuerzo
en las instalaciones turísticas de la Gran Piedra ubicado a 1214 metros sobre el
nivel del mar, por esa época no estaban prestando servicios diariamente en
esa instalación porque el turismo no tenía el suficiente desarrollo. Se dirigieron
hasta el punto donde el río Carpintero cruza la carretera a esperar por la
llegada de un camión dotado de doble diferencial, en el que debían subir el
lomerío. Después de una hora de espera el camión no aparecía y ante la
insistencia de los soviéticos que orgullosamente decían que los medios de
transporte que se producían en su país eran todoterreno, los cubanos que
atendían a la delegación, después de consultar al chofer santiaguero, se
decidieron a continuar el viaje por el lomerío en el microbús. Como era de
esperar un vehículo de pasajeros destinado al servicio urbano en el llano no
tenía potencia suficiente para subir las lomas más altas y los pasajeros se
tuvieron que bajar en tres ocasiones y continuar a pie decenas de metros hasta
que el vehículo vacío rebasaba la altura. Al llegar al lugar de destino, desde el
mirador ubicado encima de la enorme piedra, los viajeros pudieron apreciar las
hermosas vistas de la bahía de Santiago de Cuba y de las montañas
circundantes. Después de almorzar y disfrutar del lugar turístico, el retorno en
bajada lo pudieron hacer montados todos en el ómnibus pero aplicando los
frenos casi todo el tiempo porque el engrane de la segunda velocidad era
insuficiente para hacer que el vehículo bajara despacio, por eso fue mayor el
susto de los viajeros cuando bajaban que cuando ascendían. A pesar de lo
accidentado del viaje los especialistas soviéticos se sintieron muy orgullosos de
que el ómnibus haya soportado el viaje sobre todo uno de ellos que era
bielorruso, república donde se fabricaban esos vehículos.
Una vez un funcionario se trasladaba temprano en la mañana desde La
Habana hasta Manicaragua en un auto Volga perteneciente a la piquera de la
institución en la que laboraba para asistir a una reunión citada para las 11 am.
En las inmediaciones de Ranchuelo, al cruzar la intersección de una línea de
ferrocarril con la Autopista Nacional tuvo que aminorar la marcha y después de
rebasarla, al intentar poner una velocidad, el embrague no funcionaba. El
chofer no tenía la menor idea de cómo desconectar el embrague o no se quiso
arriesgar a conducir sin usarlo y decidió esperar que algún vehículo que pasara
lo remolcara hasta un taller ubicado en Santa Clara. Con tan buena suerte, al
poco rato pasó otro auto estatal y le pidió ayuda al chofer, pero ninguno tenía
cable o soga para remolcarlo. Se pusieron a buscar por las cunetas y
encontraron un cable eléctrico de calibre 10 que tenía unos 3 metros de largo,
lo amarraron a ambos extremos y comenzaron el remolque, pero a cada rato
debido a los tirones del carro delantero el cable se partía y había que parar a
amarrarlo, acortándose su longitud. El chofer del vehículo delantero tratando de
recuperar el tiempo perdido ayudando a los del vehículo roto cada vez imprimía
mayor velocidad y la distancia entre los carros se hacía más corta; los
pasajeros del vehículo trasero observaban temerosos porque podían chocar
ambos vehículos, pero a pesar de lo imprudente que resultaba no vieron otra
alternativa que continuar el viaje en esas condiciones y se sintieron aliviados
cuando al fin llegaron a un taller ubicado en las afueras de la ciudad, en la
carretera a Manicaragua, en ese momento la longitud del cable era de apenas
unos 70 cm. Como se había hecho tarde y no podía esperar a que repararan la
avería, el funcionario se puso a ¨coger botella¨ y al poco rato se montó en un
camión que una hora después lo dejó frente a la empresa a la que había
planeado dirigirse, llegando a tiempo a la reunión. Después de todo navegó con
suerte y pudo cumplir la tarea encomendada, pero el riesgo corrido con el
remolque inseguro podía haberle traído consecuencias negativas. Grande fue
su alegría cuando vio llegar al mediodía al chofer con el auto ya reparado.
Resultaba muy triste, como decimos en Cuba, quedarse botado en medio de la
carretera en la época que no existían los teléfonos celulares.
Hace dos décadas, en una organización nacional cubana que tenía
representaciones en todas las cabeceras provinciales y municipales, se
efectuaban reuniones trimestrales en provincias con los principales directivos
de la dirección nacional y las provinciales, alternándose las provincias a lo largo
del año. Desde La Habana salía un microbús con los funcionarios de Pinar del
Río, la antigua provincia La Habana y de la capital, e iban recogiendo a los
demás citados en las cabeceras provinciales hasta llegar a la provincia sede de
la reunión. Cuando la cita era en occidente, se hacía el recorrido al revés, en
todos los casos los que radicaban más cerca al lugar de reunión viajaban por
sus propios medios de transporte. Para reducir la afectación de las labores
habituales de la semana, las reuniones ocupaban el tiempo de los asistentes
de viernes a domingo, viajes incluidos. Los funcionarios asistentes se alojaban
en casas de visita u hoteles de la localidad y las reuniones se efectuaban en
salones pertenecientes a las entidades locales.
La travesía desde La Habana para una reunión efectuada en Bayamo resultó
muy escabrosa. El microbús de la entidad estaba roto y hubo que alquilar un
ómnibus a una empresa de transporte que facilitó un vehículo que había sido
remotorizado hacía pocos días y estuvo sin funcionar anteriormente durante
muchos meses. Ese recorrido resultó ser el estreno del vehículo después de
reparado. Salieron alrededor de las 9 a.m. de La Habana y pasando el
entronque de Aguada de Pasajeros, se reventó uno de los 4 neumáticos
traseros, para mayor desgracia uno de los interiores. Este tipo de problemas no
podía ser resuelto por la tripulación del ómnibus y continuaron el trayecto a
poca velocidad porque los restos de la goma reventada tropezaban con el piso
del carro y hacían un ruido infernal. Pero ahí no para la cosa, unos kilómetros
antes de llegar a Sancti Spíritus, quedaba poco combustible y la bomba de gas
oil se tupió con óxido y residuos que estaban en el fondo del tanque. Eran la 1
p.m. y al pararse el motor, como no funcionaba el aire acondicionado, el calor
insoportable del mediodía obligó a los pasajeros a bajarse y tomar un
inesperado baño de sol en medio de un descampado sin un solo árbol. El
chofer, que en numerosos recorridos se había enfrentado a todo tipo de
dificultades y que tenía grandes dotes de racionalizador e inventor, se puso a
buscar en los alrededores un recipiente para preparar un ¨suero¨, es decir,
poner un tanque provisional de combustible cerca del motor. Por suerte, en la
cuneta encontró un extintor de polvo, lo descabezó a golpes, sacó el contenido,
lo lavó y llenó con gas oil extraído del tanque, lo amarró como pudo abajo del
vehículo y lo conectó a la línea de combustible que va hacia el motor. De ese
modo se trasladaron muy despacio a Sancti Spíritus y al llegar fueron directo a
la terminal de ómnibus local, donde pudieron cambiar el neumático averiado y
limpiar la línea de combustible. Después de repostar gas oil en un servicentro
siguieron camino a Ciego de Ávila y pudieron almorzar con varias horas de
atraso. Como todas las desgracias vienen juntas, el recorrido de Ciego a
Bayamo lo hicieron lloviendo y el ómnibus que era muy alto patinaba, por lo
que tuvieron que viajar a no más de 50 kilómetros por hora.
Llegaron hechos talco a Bayamo a las 7 a.m. del día siguiente para una reunión
programada para las 9 a.m. Transcurrieron 22 horas en un trayecto que
habitualmente se hace en 12-14 horas.
En una ocasión la reunión estaba programada para Santa Clara y cuando
debían salir conocieron que un huracán rondaba por el sur de la isla,
amenazando en su trayectoria hacia el oeste del país y que de partir irían a su
encuentro. Al consultarle al jefe de la entidad sobre si la reunión sería
suspendida por esta amenaza, decidió que la misma se mantenía contra viento
y marea, teniendo en cuenta los esfuerzos y los recursos invertidos en su
preparación. Salieron el viernes por la tarde y se alojaron en un hotel
perteneciente al Poder Popular, sin mayores contratiempos.
La reunión comenzó a las 9 a.m. del sábado, con la presencia de autoridades
locales y todos los directivos citados. Al filo de las 12 del mediodía, se
enteraron de que el huracán estaba azotando a Cienfuegos y se dirigía hacia el
norte, amenazando a Santa Clara y se les orientó que se trasladaran hacia el
hotel y se mantuvieran protegidos dentro de este. Los jefes de las direcciones
de Cienfuegos y Sancti Spíritus fueron autorizados a volver a sus oficinas
provinciales para ocuparse de la protección de sus instalaciones y regresaron
en medio de los azotes del huracán, los demás se trasladaron al hotel, pero
para no perder la ocasión de estar la mayoría de los interesados allí, el jefe de
la organización decidió continuar la reunión en el propio hotel. Inmediatamente
después de almorzar; no habiendo otro lugar donde hacerlo, las presentaciones
de los temas continuaron en el vestíbulo del hotel, apoyándose en pancartas
fijadas como se pudo en cristales y cortinas, interrumpidas a veces por el paso
de los clientes del hotel que iban en retirada. Todo funcionó hasta media tarde
cuando quitaron la electricidad y comenzaron a sentirse las fuertes ráfagas de
viento y producto de ello a sonar las alarmas de los carros parqueados afuera.
Asustada, la ponente de turno se distrajo y se puso a mirar hacia afuera. Ante
tantos inconvenientes el jefe decidió dar por terminada la reunión con una frase
lapidaria: ¨Vamos a parar la reunión para que la compañera, que nunca ha visto
un ciclón, tenga la oportunidad de hacerlo¨. Ante tantas vicisitudes la actuación
del jefe resultó una verdadera prueba de firmeza en el mando.
Antes de retirarse a sus casas, los empleados del hotel prepararon panes con
embutido y limonada para que los huéspedes pudieran sostenerse hasta el día
siguiente, ya que no podían cocinar.
En medio de esta tragedia hubo una situación jocosa que era motivo de
divertimento con posterioridad cada vez que alguien lo mencionaba. Después
del paso del huracán y por el inmenso calor reinante tuvieron que dejar abiertas
las puertas de las habitaciones que ocupaban en el hotel. Debido a la falta de
electricidad no funcionaba la bomba de agua del hotel y los baños estaban
imposibles. Ya casi al amanecer, al sentir el ruido de un chorro de agua
cayendo, una compañera le dice a la otra ocupante de la habitación: ¡Correeee,
que pusieron el agua! Al comprobar que no había agua en el baño y
preguntarle a los ocupantes de la habitación contigua, pudieron conocer que lo
escuchado era que uno de ellos había orinado abundantemente en el silencio
de la noche.
Por la mañana, sin asearse desde el día anterior, sorteando los cientos de
árboles caídos en toda la ciudad, regresaron a la Habana en un microbús. Al
pasar por el sur de la provincia de Matanzas, el borde norte de la Autopista
Nacional parecía la cortina de una presa, alimentada por el Canal de Roque
que se había desbordado, el agua se derramaba por la carretera amenazando
con apagar el motor ubicado debajo del piso del vehículo.
En otra ocasión, la reunión se celebró en Pinar del Río y al final fueron a
Viñales a una actividad de esparcimiento, donde se efectuó un almuerzo,
cervezas incluidas pagadas por los asistentes, según lo establecido.
Al regresar a la capital provincial por la estrecha y curveada carretera de
Viñales, invirtieron más del doble del tiempo habitual porque delante iba un
camión cargado de bolos de madera que les impedía adelantar el paso. Como
resultado de la demora y de la cerveza, los ocupantes del microbús, incluyendo
varias compañeras, sintieron la urgencia de evacuar aguas, pero lo
accidentado de la carretera les impedía adelantar al camión o parar. Al fin
llegaron a la ciudad, muchos sin poder aguantar los deseos de orinar más y,
por suerte, uno de los funcionarios cuyos padres vivían allí le indicó al chofer
que fueran directo a su casa, en lugar de perder tiempo buscando una
instalación pública con servicio sanitario.
Al abrirse las puertas del microbús y de la casa los viajeros entraron como una
tromba en esta, ante los ojos asombrados de los dueños. Como había solo un
baño, las mujeres hicieron su colita y los hombres fueron remitidos al patio
donde simultáneamente regaron los materiales de construcción allí ubicados.
Solo después pudieron saludar apropiadamente a los dueños de casa, que
amablemente los atendieron con dulces y café. Ese fue recibimiento ¨Todo
incluido.¨
A propósito de pinareños, sería pertinente aquí hacer alusión a los cuentos que
la mayoría de los cubanos conocen sobre los habitantes de esa región
occidental. Todos hemos escuchado decenas de historias de pinareños, que
algunos afirman que no son importados de otras provincias sino que los
inventan los propios provincianos: el cuento del hombre que le dejaron el reloj
de muñeca debajo del yeso o escayola que le pusieron en el hospital para
fijarle una fractura del brazo; el cuento de la construcción que hicieron y al
terminar dejaron la hormigonera dentro de la casa y para sacarla tuvieron que
tumbar una pared; y otros relatos similares.
Un pinareño se jactaba de que para aprender a conducir autos no había
pasado ningún curso o entrenamiento previo y que una vez tenía que ir a
buscar la esposa a Ovas, le prestaron un auto, salió manejando con el carro
dando tumbos y llegó a su destino. También se cuenta que una vez un chofer,
al intentar salir manejando un ómnibus desde la ciudad de Pinar del Río hacia
Viñales para llevar unos músicos, no le entraban las velocidades que movían el
vehículo hacia delante y no le quedó más remedio que ir en marcha atrás muy
despacito, para evitar accidentes al subir las lomas por la curvada carretera.
Resulta evidente que a los pinareños les encanta inventar toda clase de
historias con tal de divertirse y hacer reír a los demás.
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