Los modernos nombres propios en Cuba

Preocupado porque no retenía en mi mente los nombres de muchas personas comencé a sospechar que por mi avanzaba edad el cerebro me estaba patinando. Casi me había decidido a contactar con una conocida geriatra para asistir a su consulta y ponerme un tratamiento contra la enfermedad de Alzheimer, cuando buscando en la guía telefónica su número de teléfono me percaté de la cantidad de nombres propios raros, indescifrables e imposibles de recordar surgidos en los últimos años, por lo que me alivié pensando que quizá el problema no era mío. Entonces me decidí a investigar este fenómeno. Le pregunté a un psicólogo qué pensaba del asunto quién me argumentó que el surgimiento de tantos nombres nuevos probablemente se debía a que por el incremento de la escolaridad, los padres eran más creativos. Continué indagando y un amigo sociólogo me dijo que en muchas personas se ha producido una ruptura con los hábitos del pasado por el aburrimiento resultante de repetir los mismos nombres de una generación a otra. Por último, como no sabía si existían en el país especialistas en antroponimia, me puse a tratar de descubrir yo mismo las reglas de formación de esos nuevos nombres. Buscando en Wikipedia pude conocer que a partir de la colonización en Cuba, el cristianismo extendió el uso de nombres bíblicos y los impuso mediante el bautismo. Entonces los nombres más frecuentes eran bíblicos: José, María,
Pedro, Pablo. Era usual también asignar nombres compuestos: José María,
María de la Caridad. Algunas veces a algunas personas las inscribían con varios nombres para satisfacción de los abuelos o del cura que los bautizaba, por ejemplo: María de los Angeles Donatila de la Caridad. Esa práctica conduce a confusiones frecuentes porque unas personas la conocen por el primer nombre, otras por el segundo o el tercero. Algunos nombres propios se derivaban del latín o del griego, como Alejandro,
César, Minerva. También se asignaban nombres menos favorecidos como
Aeropagito, Apolonio, Casimiro, Cipriano, que aún son objeto de muchos chistes y bromas a sus portadores. A veces los nombres reflejaban el deseo de los padres de que los hijos tuvieran o conservaran determinadas cualidades cuando fueran mayores, tales como
Inmaculada, Virgen, Amable, Modesto y no siempre su comportamiento a posteriori se correspondía con los buenos augurios de sus padres: ¡algunos eran tremendos libertinos, zoquetes y autosuficientes! Incluso se adoptaban nombres propios procedentes de otras regiones del planeta, como Ahmed, Elisabeth, Vladimir. No todos los nombres extranjeros fueron nacionalizados porque suenan feo en español, por ejemplo el nombre húngaro Tibor. Hubo nombres que se pusieron de moda como Patricia y
Claudia por algún personaje de telenovela. Por esa época todos esos nombres resultaron familiares a los empleados del registro civil, los maestros y los empleados administrativos y al ser bastante conocidos era relativamente fácil entenderlos. Aunque se dio el caso de un niño habanero que sus padres nombraron Proletario, que pasó la escuela primaria asistiendo a clases sin que lo inscribieran oficialmente porque en el registro civil no aceptaban registrarlo con semejante nombre, lo que finalmente tuvo que ser permitido porque para expedir el certificado de graduado de sexto grado había que presentar la inscripción de nacimiento y al final venció la justicia social sobre la burocracia. Quizá en esa oficina se inspiraron en la medida que tomaron en algunos países socialistas del este europeo que para facilitar la anotación de los nombres propios en los registros y evitar equívocos obligaban a los padres a escogerlo de una lista predeterminada, pero en los tiempos que corren esa medida no sería ¨democrática¨ y de aplicarse seguramente nos acusarían de violación de los ¨derechos humanos¨. Sabía que a los niños muchas veces les repiten el nombre de uno de los padres y para diferenciarlos del progenitor, cariñosamente le dicen el diminutivo: Anita, Merceditas, Juanito. Al hijo de Ramoncito, si se llamaba igual que el padre y el abuelo, le decían popularmente Ramoncitico, pero me di cuenta que el nombre de Agapito utilizaban otra variante porque suena muy mal: le dicen Agapito Junior. Podría asegurarse que por esa misma razón no se había utilizado el nombre de Hércules, a pesar de ser un héroe conocido de la mitología griega. Descubrí que una modalidad nueva era ponerle el nombre del padre o la madre al revés, por ejemplo Luar, en lugar de Raúl; Mairim por Miriam. Esa variante resulta problemática si el nuevo nombre resulta difícil de pronunciar, un amigo profesor me contó que nunca pudo leer el nombre de una alumna llamada
Aznarepse (Esperanza al revés) cuando pasaba la lista en el aula. Esos nombres complicados resultan más difíciles de chiquear cuando son niños. Es mucho más fácil decir Juanita que Aznarepsita, en ese caso los padres le hubieran tenido que llamar afectivamente Aznar o Azna, pero esos nombres afectivos en Cuba resultan ofensivos. Me viene a la mente un documental exhibido hace algunos años, en el que se le preguntaba a un niño como se llamaban sus compañeritos del círculo infantil y este decía Juanito, Pedrito,
Juliancito y cuando llegó al del nombre indescifrable dijo: Niño. Una amiga me contó que en Camagüey hubo un señor que tuvo muchos hermanos y sus padres no hallaron qué nombre ponerle al nacer al último de sus vástagos y lo inscribieron como Erbutco, octubre al revés, en recordación al mes en que nació. El susodicho Erbutco, en una ocasión, al ser llamado para pasar a la consulta del dentista, no contestaba y ante la insistente llamada del dentista y por temor de que estuvieran llamando a otro de igual nombre y diferente apellido preguntó ¿Erbutco qué? En mi investigación encontré varios casos de personas cuyo nombre propio es una fusión de los nombres del padre y la madre: Inoris, que viene de la unión de Idalberto y Noris o la unión de dos nombres propios: Elisandra, fusión de
Elisabeth y Sandra. Al revisar la guía telefónica me aparecieron muchísimos nombres difíciles de pronunciar o escribir traídos de otros países, como Ehilin,
Eleucidio, Ghislaine, Himnodio, Hutsana, Yamaarashi, y terminé preguntandome: ¿Será esta la razón por la que los empleados de las oficinas municipales del registro civil cometen tantos errores en la transcripción de documentos registrales? Conozco que hace algunos años se pusieron de moda los nombres propios que utilizan la letra Y al principio, al medio y/o al final: Yaira, Yanela,
Celianny, Daynet, Yanexy, Yusmayry. ¿Alguien se ha preguntado cuál es el misterio que rodea la letra Y? ¿Será porque la letra Y suena como Yuma, o sea, como extranjero? Si esa fue la intención, los inventores de esos nombres han fracasado porque ahora nada es más cubano que un nombre que contenga una Y. ¿Se han fijado cuantos nombres de deportistas contienen la letra Y? Nada más tienen que leer el roster de la selección nacional de beisbol. Y podríamos preguntarnos: ¿Qué pasará cuando los padres se aburran de usar la letra Y en los nombres propios? ¿Usarán la Z o la W? Por suerte, para facilitarnos la vida los seres humanos tienden a abreviar los nombres largos o enrevesados, recuerdo a una amiga llamada Alexandra a la que todos la llaman Alex. Al niño llamado Proletario sus padres le decían Prole. Considero que más que guiarse por modas pasajeras los padres debían meditar largo rato sobre el nombre que pondrán a sus hijos al nacer. No es tan importante que sea un nombre único y diferente, sino que sea fácil de captar y escribir y no le resulte desagradable a aquel que lo llevará toda la vida, porque si cuando sea mayor se le ocurre cambiarlo tendría que pasar además del registro civil, por las oficinas del carné de identidad y licencia de conducción, por la OFICODA, ante notario y los registros de la propiedad de la vivienda o del auto, en su centro laboral, en el banco y otros lugares como las oficinas comerciales de los servicios telefónicos, eléctricos, del agua y el gas. Y ese castigo no se le desea a nadie y menos a los hijos.

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